Opinión
La venganza: cuando el karma pierde paciencia

La venganza suele presentarse como una promesa de equilibrio: alguien nos dañó y creemos que devolver el golpe restaurará el orden del mundo. Sin embargo, esa promesa es falsa. La venganza no repara; replica. No cierra ciclos; los multiplica. Y, desde una mirada filosófica ligada al karma y al dharma, no solo es inútil, sino profundamente contraproducente.
El karma no es castigo ni premio: es consecuencia. Es la inercia moral de nuestros actos. Cada intención deja una huella, y cada acción, incluso la más “justificada”, empuja la realidad en una dirección. Cuando elegimos la venganza, lo que hacemos no es corregir el daño original, sino sembrar uno nuevo. El karma no distingue entre “me lo merecía” y “yo tenía razón”; solo responde a lo que se hace. Así, al vengarnos, nos atamos a la misma cadena que decimos querer romper.
La venganza, además, nace de una ilusión peligrosa: la idea de que el dolor propio se alivia causando dolor ajeno. Pero el karma opera como un eco, no como una balanza inmediata. El alivio que sentimos es momentáneo, mientras que la carga ética del acto permanece. Nos convertimos, aunque sea por un instante, en aquello que nos hirió. Y eso tiene un costo interior.
Aquí entra el dharma, entendido como el camino correcto, la acción coherente con lo que somos y con el orden profundo de la vida. Actuar conforme al dharma no significa ser pasivo ni permitir abusos; significa responder sin traicionar la propia integridad. La venganza, en cambio, nos saca de nuestro centro. Nos hace actuar desde la herida, no desde la claridad. Desde la reacción, no desde la responsabilidad.
Seguir el dharma implica aceptar que no todo agravio exige represalia, y que no toda justicia es personal. A veces, el acto más justo es retirarse; otras, poner límites; otras, simplemente no repetir el daño. Elegir no vengarse no es debilidad: es una forma de fuerza que no necesita demostrarse a través del sufrimiento ajeno.
La venganza promete cierre, pero entrega dependencia. Nos mantiene ligados al ofensor, orbitando su acción inicial como si aún tuviera poder sobre nosotros. El karma, en cambio, ofrece liberación cuando dejamos de actuar desde el resentimiento. Y el dharma nos recuerda que vivir bien no consiste en ganar todas las batallas, sino en no perderse a uno mismo en el proceso.
Quizá la verdadera justicia no sea devolver el golpe, sino negarse a perpetuar la lógica del daño. Porque cuando la venganza habla, el karma escucha. Y casi siempre, responde.






