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Opinión

Los monstruos que dejamos de escuchar

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Hubo un tiempo en que la humanidad creyó que los monstruos vivían afuera.

Los imaginó en bosques oscuros, en cavernas sin fondo, en mares donde la luz no alcanzaba. Les dio nombres, rostros y colmillos para poder contener aquello que todavía no sabía pensar. Durante siglos, esa imaginación cumplió una función: puso distancia entre el miedo y la conciencia. Pero la distancia no elimina lo temido; apenas lo desplaza.

Con el avance de la ciencia, muchas de esas figuras fueron retiradas del horizonte, no desapareció el miedo, solo cambió de morada. Los monstruos dejaron de habitar las Leyendas y comenzaron a habitar la vida cotidiana.

Hoy aparecen en personas que ríen mientras se sienten vacías, en profesionales que alcanzaron todo lo que se suponía que debían alcanzar y, sin embargo, ya no recuerdan qué parte de sí mismos quedó enterrada en el camino.

En padres que ofrecen tiempo, recursos y esfuerzo, pero no siempre presencia, en jóvenes que conocen el mundo a través de una pantalla y, aun así, no saben permanecer unos minutos en silencio sin sentir una inquietud casi física, como si el silencio fuera una forma de amenaza.

La gran paradoja de nuestro tiempo no es técnica, es ontológica.

Hoy podemos dominar el exterior mientras nos volvemos extraños para nosotros mismos. Nos enseñaron a resolver, competir, producir, responder rápido, destacar, acumular información, sostener una imagen convincente. Pero casi nadie nos enseñó a convivir con el miedo sin convertirlo en enemigo, a permanecer dentro de una duda sin huir de ella, escuchar una tristeza antes de intentar cubrirla con ruido, reconocer que no toda incomodidad es un error y que no toda herida debe ser anestesiada de inmediato.

La cultura contemporánea parece haber firmado un pacto silencioso con la incomodidad: eliminarla cuanto antes.

Si duele, distrae, si pesa, acelera, si incomoda, reemplázalo, si cuestiona, no te detengas.

Así es, vivimos rodeados de estímulos diseñados para evitar el encuentro con nosotros de manera interna. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para distraernos y tan pocas para comprendernos. Cada notificación promete cercanía; muchas veces solo prolonga la distancia interior. Cada pantalla ofrece una versión más pulida del mundo; pocas veces nos devuelve la verdad de lo que sentimos cuando nadie nos mira. Apareciendo una pregunta que me resulta cada vez más difícil de ignorar.

¿Qué clase de humanidad estamos construyendo cuando confundimos bienestar con ausencia de conflicto?

Porque el ser humano no crece evitando las preguntas difíciles, crece atravesándolas.

La libertad no nació de la comodidad, sino del coraje de mirar de frente aquello que asustaba y decidir qué hacer con ello. La responsabilidad tampoco surgió cuando todo estaba resuelto, sino cuando alguien dejó de culpar al mundo y comprendió que ninguna transformación ocurre mientras la conciencia permanezca dormida. Tal vez por eso las épocas más superficiales no son las que carecen de conocimiento, sino aquellas en las que el conocimiento deja de tocar la vida interior y se convierte solo en una forma más de velocidad.

Carl Gustav Jung entendió algo que hoy vuelve a ser urgente: aquello que rechazamos no desaparece.

Permanece. Y lo que permanece sin ser escuchado termina buscando otras formas de expresión.

Durante mucho tiempo leí esa idea como una invitación a combatir nuestros monstruos, con el tiempo entendí otra cosa, tal vez los monstruos no pedían una Guerra más bien ser escuchados.

Detrás de cada uno suele haber una historia interrumpida, heridas, emociones que aprendieron a esconderse para no ser juzgadas, deseos abandonados porque era más seguro parecerse a los demás que escuchar la propia voz. A veces incluso hay algo más complicado y más triste: una parte de nosotros que dejó de pedir ayuda no porque comprendió demasiado pronto que nadie iba a responder.

Entonces recordé una antigua metáfora, un espejo capaz de mostrar lo que ninguna fotografía alcanza a revelar, no devolvía el rostro devolvería las renuncias.

Mostraba las veces en que alguien dijo “sí” cuando su dignidad pedía decir “no”. Hacía visibles los sueños archivados para no incomodar a otros, dejaba al descubierto el cansancio de quien llevaba años interpretando un papel que todos admiraban, pero que ya no le pertenecía. Y, sobre todo, revelaba algo más difícil de soportar, la costumbre de vivir en desacuerdo con uno mismo hasta que esa discordia se vuelve paisaje.

Comprendí que el verdadero miedo no era mirar ese Espejo, era descubrir cuánto tiempo habíamos vivido lejos de nosotros.

En el libro Encuentro con la sombra, Jung invita a reconocer aquello que expulsamos de la conciencia. En el libro Rojo va todavía más lejos, desciende hacia su propio caos para dialogar con él, no intenta destruirlo, lo escucha, comprende que la transformación no ocurre cuando vencemos la oscuridad, sino cuando dejamos de dividir la vida entre lo que aceptamos y lo que condenamos al silencio. Posiblemente, una de las intuiciones más hondas de toda su obra, hablar, que la plenitud no consiste en estar libre de fracturas, sino en dejar de mentirse acerca de ellas.

Esa enseñanza no pertenece solo a la psicología, nos habla de la condición humana.

Ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente madura si forma personas incapaces de convivir con su fragilidad. Ningún sistema educativo estará completo mientras enseñe a resolver problemas, pero no a reconocer una emoción. Ninguna innovación será suficiente si seguimos educando seres humanos que saben usar todas las tecnologías, excepto la conciencia. Porque una civilización puede multiplicar sus herramientas y, sin embargo, empobrecer su alma; puede ampliar su dominio sobre el mundo y, al mismo tiempo, reducir su capacidad de habitarse con verdad.

La gran pobreza del siglo XXI no será la falta de información, será la pérdida del sentido.

Y el mayor desafío no consistirá en crear inteligencias cada vez más sofisticadas, sino en preservar aquello que ninguna máquina podrá reemplazar: la capacidad de detenernos, escucharnos con honestidad y asumir la responsabilidad de convertirnos en quienes realmente somos, no quienes se espera que seamos o quienes resultan más funcionales o quienes mejor encajan en la lógica del rendimiento, sino quienes, al mirar de frente su propia vida, puedan decir sin fingimiento, esto soy, esto he negado, esto todavía puedo transformar.

Los monstruos siguen ahí y no para destruirnos, para recordarnos la verdad que hemos postergado demasiado tiempo.

Porque llega un momento en que la vida deja de preguntarnos cuánto hemos logrado y empieza a preguntarnos cuánto de nosotros hemos sacrificado para conseguirlo. Y entonces entendemos que la libertad no consiste en no tener monstruos, sino en dejar de entregarles el timón de nuestra vida. Posiblemente, madurar sea precisamente eso, dejar de huir de lo que nos habita, aprender a nombrarlo sin vergüenza y descubrir que, detrás de aquello que temíamos, no siempre había un enemigo, sino una parte de nosotros esperando volver a casa.

Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica

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