Opinión
Adaptarnos al espacio
César Peña *
Durante miles de millones de años, la vida evolucionó en un planeta con una combinación extraordinariamente particular de condiciones: gravedad, presión atmosférica, agua líquida, temperatura relativamente estable y protección frente a buena parte de la radiación espacial. El ser humano es producto de ese ambiente. Por eso, cuando abandona la Tierra, no simplemente cambia de escenario: entra en un medio para el que su organismo no fue diseñado.
La exploración espacial ha demostrado que podemos sobrevivir durante meses fuera de nuestro planeta. Sin embargo, sobrevivir no significa necesariamente estar adaptados. El gran desafío de las próximas décadas será determinar hasta dónde puede llegar nuestra capacidad biológica de adaptación y cuánto dependeremos de la tecnología para mantenernos vivos.
La gravedad terrestre influye prácticamente en todo nuestro organismo. Los huesos soportan nuestro peso, los músculos trabajan constantemente contra la gravedad y el sistema cardiovascular está acostumbrado a bombear sangre hacia un cuerpo que permanece bajo una aceleración de aproximadamente 9.8 metros por segundo al cuadrado.
Los astronautas pierden masa muscular y densidad ósea porque sus cuerpos ya no necesitan ejercer la misma fuerza para mantenerse erguidos o desplazarse. También se producen cambios en el sistema cardiovascular y en la distribución de los líquidos corporales.
El organismo intenta adaptarse, pero esa adaptación tiene un precio por lo que los astronautas deben realizar ejercicio físico de manera regular durante las misiones espaciales. Sin ese entrenamiento, las alteraciones musculares y óseas pueden ser importantes.
El espacio modifica la manera en que el cerebro recibe información del cuerpo y del entorno.
Nuestro sistema vestibular, localizado principalmente en el oído interno, ayuda a mantener el equilibrio y a determinar nuestra posición. En la Tierra, funciona en combinación con la gravedad. En microgravedad, las señales cambian y durante los primeros días pueden aparecer desorientación, mareos y problemas de coordinación.Con el tiempo, el cerebro aprende a interpretar las nuevas señales.
Ante estos problemas que demuestran que el ser humano no está hecho para vivir en el espacio, científicos chinos de la estación Tiangong se encuentran realizando experimentos con células embrionarias para conocer el impacto de la microgravedad en los seres humanos desde el inicio de la vida o por lo menos en las células conocidas como “madres”.
Aunque no se trata de embriones humanos como tales, si arrojaría información valiosa para esta conquista que estamos realizando en el último siglo luego de que comenzamos a caminar, dominar el agua y luego el cielo, siendo el espacio una de las aventuras en las que apenas comenzamos a dar los primeros pasos.
Recordemos que los astronautas pueden estar expuestos a partículas procedentes del Sol y a rayos cósmicos galácticos. Una exposición prolongada puede aumentar determinados riesgos biológicos, incluidos daños celulares y alteraciones del ADN.
Una misión a Marte o al exterior, por ejemplo, no duraría unos días. Un viaje de ida y vuelta podría implicar muchos meses de exposición a un ambiente radiológico muy diferente al terrestre.
La solución probablemente no dependerá de una sola tecnología. Será necesario combinar diseños de naves, materiales protectores, refugios especialmente blindados y estrategias para reducir el tiempo de exposición.
La adaptación al espacio no será únicamente biológica, pues una colonia permanente necesitaría producir agua, alimentos, oxígeno y energía. También tendría que reciclar residuos y mantener sistemas capaces de funcionar durante largos periodos sin asistencia directa desde la Tierra, sin embargo, cada investigación sirve para subir un nuevo peldaño.
- Escritor, periodista, economista y divulgador de la ciencia.




