Opinión
Viajes lejanos
César Peña *
Supongamos por un momento que la vida se pudo desarrollar no sólo en la tierra, sino en otros planetas del sistema solar y que por la edad similar con nuestro planeta tuviera quizá más o menos un desarrollo similar condicionado por su entorno y que tuvieran sus habitantes la capacidad de mirar y hasta razonar sobre su propia existencia. Ahora imaginemos que uno de esos planetas es Neptuno o Plutón, donde esos seres de repente ven pasar una nave espacial a lo lejos, ¿pensarán que se trata de un ovni o postularán en un posible atraso civilizatorio, que nadie puede salir de su planeta y que se trata de mensajes de dioses?
Pues bien, esa nave si existe y se trata de la Voyager I, la primera nave humana que cruzó la heliopausa en el 2012 y que ahora viaja fuera de la famosa nube de Oort, a 26 mil 800 millones de kilómetros, la delimitación de nuestro sistema solar con rumbo al infinito, misma que podría resultar sorprendente para cualquier inteligencia igual o menor a la nuestra y hacer mil teorías sobre lo que surca el cielo.
Con la aparición de la esfera de Buga, el primer artefacto de origen no precisado, en manos de particulares e investigadores, aumentan las posibilidades de que tal vez haya más maneras de viajar que los motores a propulsión y que la limitante impuesta por Einstein de que nada puede viajar más allá de la velocidad de la luz, no sea algo preciso. Si los humanos mandamos “drones” como la Voyager I y II, las misiones a Marte, el Hubble o el James Webb y recientemente el Roman, a indagar, ¿por qué no suponer que otras inteligencias no podrían hacer lo mismo?
Ahora con la infinidad de evidencias en video y hasta físicas de diversos objetos voladores de origen desconocido, queda en claro que nuestro vasto universo, con 2 millones de millones de galaxias (2 billones) en el universo observable, alberga cientos de miles de planetas en los que pudo brotar también la vida en estrellas de tercera generación como la nuestra, sino también en las de primera y segunda generación.
La frase de Carl Sagan de “es egoísta suponer que somos los únicos seres en el universo” o la de Michiu Kaku de “que aunque la mayor parte de la vida extraterrestre es microbiana, es probable que una parte mucho menor haya evolucionado hasta desarrollar tecnología avanzada”, resuenan con fuerza en las mentes de muchos hombres de ciencia, que desde hace tiempo consideran que ya no somos los únicos en este espacio-tiempo.
Recordemos que el ser humano se lanzó a ver que había más allá de su territorio, primero a pie y luego a caballo. Cuando el mar era la limitante, construyeron barcos descubriendo nuevos continentes. Hoy que ya dominamos nuestro mundo y que nuestros caballos se convirtieron en naves espaciales, queremos saber que hay en nuestros planetas vecinos, en nuestro sol y cuando la tecnología lo posibilite, no hay duda de que habremos de ir a ver que hay en otros soles y sus planetas de la Vía Láctea y luego, fuera de ésta.
La diversidad de naves y aparatitos que se dejan ver en nuestros cielos, son los “drones” de esas inteligencias que seguramente ya conquistaron los viajes intergalácticos y se trata de sus naves con todo y tripulantes que de acuerdo a diversos testimonios, se han dejado ver en algunos lugares, haciendo contacto con las personas.
En un universo tan grande, la fórmula de Drake nos arroja cientos de posibilidades reales de vida en otros lugares, que la simple negación o las fobias no nos sirven para entender esta compleja y sorprendente realidad.
- Escritor, periodista, economista y divulgador de la ciencia.




