Opinión
La vida no puede seguir en la sala de espera
Una mujer necesita saber qué está ocurriendo con su enfermedad, pero no pregunta porque los médicos siempre tienen prisa. Antes de hablar, calcula cuánto tiempo puede quitarles. La escena, recogida en uno de sus libros por Elisabeth Kübler-Ross, duele por lo que revela: alguien puede estar siendo atendido y, aun así, sentir que sus preguntas estorban. Su propia existencia está en juego, pero ha aprendido a esperar.
Fuera del hospital también conocemos esa espera. Está en la conversación que aplazamos, en el cansancio que ocultamos para seguir cumpliendo y en quien ensaya sus palabras antes de acercarse porque desconoce cómo será recibido. Hay silencios que parecen tranquilidad desde lejos. De cerca, contienen miedo a incomodar, a ser juzgado o a perder el lugar que tanto ha costado sostener.
Un antiguo relato cuenta que un hombre tuvo una cosecha tan abundante que decidió derribar sus graneros y construir otros más grandes. Cuando terminara de guardar sus bienes, se permitiría descansar y disfrutar. Había dispuesto el orden de sus pendientes y se imaginaba dueño de muchos años, pero murió aquella misma noche. Me inquieta pensar cuánto se parece esa promesa a las que nos hacemos: viviré cuando termine, descansaré cuando pueda, estaré con los míos cuando todo se resuelva.
Desde las ideas de dos autores, Elisabeth Kübler-Ross y Adrián Schenker, encuentro una reflexión que toca nuestra manera de estar con los demás. Ella escucha a quienes afrontan su muerte y descubre cuánto sufrimiento añade un entorno incapaz de reconocerlos. Él examina la sabiduría, la justicia y el poder, y muestra la responsabilidad de quienes pueden influir sobre el destino ajeno. Sus planteamientos nos acercan a una realidad incómoda: podemos defender el valor de la vida en un discurso y desconocerlo en el trato de todos los días.
Pienso en la facilidad con que pedimos empatía mientras interrumpimos una explicación, promovemos el bienestar y desatendemos el agotamiento, hablamos de respeto y recibimos con fastidio una inquietud. Esa distancia tiene consecuencias. Alguien empieza a preguntar menos, deja de compartir lo que siente y aprende a mostrarse disponible aun cuando está rebasado. La convivencia continúa, pero algo en ella se va cerrando.
Schenker aporta una mirada incisiva al relacionar la sabiduría con el ejercicio de la autoridad. Tener poder sobre una decisión aumenta la obligación de responder por sus efectos. Una firma, instrucción, evaluación o una negativa alcanzan la historia de una persona, sus preocupaciones y sus posibilidades. El cargo permite organizar tareas; ejercerlo con justicia exige reconocer a quienes habrán de llevarlas a cabo.
Resulta inquietante cuánto hemos normalizado ciertas formas de dureza. En algunos espacios, escuchar se confunde con perder tiempo y reconocer un error parece amenazar el prestigio. Se elogia la sensibilidad hasta que alguien expresa una herida; entonces se le pide que no se tome las cosas de manera personal. Bajo esas condiciones, la fortaleza acaba pareciéndose demasiado a la capacidad de aguantar sin decir nada. Me cuesta aceptar una idea de eficiencia que deja a su paso personas exhaustas, temerosas de preguntar o culpables por necesitar ayuda.
Tampoco el sufrimiento vuelve necesaria la crueldad que lo produjo. Las experiencias difíciles pueden ayudarnos a comprender algo de nosotros mismos, pero ese significado pertenece a quien las atraviesa. Nadie debería exigirle a otro que agradezca una herida porque lo hizo más fuerte. Encontrar una enseñanza puede formar parte de su recuperación; utilizarla para justificar el daño borra responsabilidades y vuelve a dejarlo solo con lo que le ocurrió.
Una vida intencional, es pensar en reconocer hacia dónde dirigimos nuestros actos y qué estamos haciendo posible con ellos. Podemos querer ayudar y terminar invadiendo, procurar orden y producir miedo, ofrecer consejo y dejar sin escucha. Revisar esa distancia requiere una honestidad incómoda: aceptar que nuestras buenas razones no explican por completo lo que el otro experimenta con nosotros. También nos corresponde escuchar ese efecto y corregir.
Dentro de esa revisión cabemos quienes cuidamos. Acompañar, enseñar, dirigir o sostener a una familia puede ocupar tanto espacio que nuestras necesidades quedan para una ocasión que nunca llega. El cuerpo comienza a protestar y seguimos negociando con su cansancio, como aquel hombre que esperaba terminar sus graneros para concederse descanso. Hemos aprendido a llamar compromiso a ciertas formas de abandono propio, y cuesta reconocerlas porque suelen recibir reconocimiento.
La fragilidad humana, presente en las reflexiones de Kübler-Ross y Schenker, nos devuelve a una verdad certera: todos hemos necesitado que alguien nos sostenga. Antes de cualquier título hubo unos brazos, un alimento, una presencia de la que dependimos. Esa condición permanece, aunque la autonomía nos permita olvidarla durante años. Enfermar, envejecer, perder a alguien o atravesar una crisis puede mostrarnos de nuevo cuánto importa la respuesta de quienes están cerca.
Por eso me interesa una sabiduría que pueda reconocerse en la convivencia: escuchar una explicación completa, corregir sin exhibir, detener una exigencia cuando advertimos que está lastimando. Esa forma de cuidado también incluye poner límites, pedir claridad y protegerse. La firmeza puede sostener una decisión y conservar el respeto por la dignidad ajena; requiere atención para que el desacuerdo no se convierta en permiso para humillar.
Honrar la vida compromete a los lugares donde transcurren nuestros días. Una escuela que habla de bienestar necesita revisar cómo escucha a sus estudiantes y a sus docentes. Una institución que promueve el respeto debe mirar las relaciones que permite dentro de sus oficinas. Una familia necesita que sus integrantes puedan expresar tristeza, desacuerdo o cansancio sin temer por su pertenencia. Las palabras adquieren credibilidad cuando modifican la experiencia de quienes viven bajo ellas.
Quisiera aprender a advertir a tiempo cuándo alguien se está quedando sin voz a nuestro lado y cuándo soy yo quien necesita detenerse para recuperarla. Hay asuntos que merecen una atención menos distraída: una persona que lleva días intentando hablar, una disculpa que seguimos aplazando, una parte de nosotros que pide descanso. Cada encuentro ofrece una posibilidad concreta de responder, aunque tengamos pendientes y el día parezca insuficiente.
El hombre de los graneros creyó que disfrutar sería posible después de terminarlo todo. Nosotros seguimos haciendo promesas semejantes mientras alguien espera una llamada, una respuesta o un poco de nuestro tiempo. Honrar la vida empieza por reconocer el peso de esa espera y decidir qué vamos a hacer con ella. Porque puede llegar el día en que tengamos la agenda libre, la respuesta precisa y todas las palabras dispuestas, pero ya no esté la persona que necesitaba escucharlas.
Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica




