Paradigma

Combatir la exclusion en tiempos de la tecnociencia

No comprender qué está ocurriendo con el calentamiento global, qué significa que una bacteria desarrolle resistencia a los antibióticos o cuáles pueden ser las consecuencias de utilizar una tecnología sin un marco regulatorio adecuado no nos coloca simplemente ante un problema de comunicación. Nos deja fuera de conversaciones que tienen consecuencias sobre nuestra vida cotidiana y sobre las decisiones que tomamos como sociedad.

Hace unos días conversamos en Cienciandante con Peter Sharp Vargas, especialista y consultor internacional en gobierno y justicia abierta, sobre el derecho a entender. (https://youtu.be/a5r8d7dsuAI?si=bDZVPtiCsrRQpRbq) La conversación partió del lenguaje claro en el ámbito jurídico, pero terminó llevando la discusión hacia un terreno que también nos concierne a quienes comunicamos ciencia: ¿qué responsabilidad tienen quienes producen conocimiento frente a quienes necesitan comprenderlo?

Sharp fue particularmente claro al referirse a las personas que han tenido acceso a la educación superior y al conocimiento especializado. Quienes poseen formación universitaria o un título en ciencia, arte o filosofía tienen una responsabilidad de devolver a la sociedad parte de aquello que recibieron, traduciendo el lenguaje complejo.

La ciencia necesita precisión. La academia necesita lenguajes especializados para producir y discutir conocimiento. Pero cuando ese conocimiento sale de esos espacios y entra en la vida pública, aparece otra responsabilidad: hacerlo comprensible sin deformarlo.Porque el problema no es que existan conceptos complejos. El problema aparece cuando la complejidad se convierte en una barrera.

Una sociedad puede tener acceso a miles de artículos científicos, bases de datos, informes y resultados de investigación y, sin embargo, permanecer excluida si no puede comprender qué significan. La democratización del conocimiento, por eso, no termina cuando la información está disponible. Comienza cuando podemos entenderla.

Y esto adquiere especial importancia cuando hablamos de asuntos que no permanecen dentro de los laboratorios o las universidades. El calentamiento global modifica territorios y economías; la resistencia a los antibióticos compromete nuestra salud; la inteligencia artificial y otras tecnologías abren posibilidades cuyos riesgos y consecuencias todavía estamos discutiendo.

En la propia conversación, Sharp relacionó la necesidad de información clara con los problemas ambientales, sanitarios y tecnológicos que enfrentamos.

Comprender, entonces, no es un lujo para especialistas. Tampoco significa que todas las personas debamos convertirnos en científicas, médicas, ingenieras o especialistas en inteligencia artificial. Significa poder entender lo suficiente para participar en las conversaciones que nos afectan.

Ahí encuentro uno de los mayores desafíos de la comunicación pública de la ciencia.

No basta con divulgar más. Tenemos que preguntarnos si aquello que comunicamos puede ser comprendido. Si explicamos qué sabemos, cómo lo sabemos, qué todavía desconocemos y cuáles son las posibles implicaciones del conocimiento que estamos poniendo en circulación.

La claridad no reduce el rigor científico; puede, por el contrario, ampliar el alcance social del conocimiento.

Quizá por eso aquella conversación en Cienciandante terminó conectando dos ideas que parecen distintas, pero no lo son: el derecho a entender y la responsabilidad de hacerse entender. Si el conocimiento científico y tecnológico tiene cada vez mayor influencia sobre nuestras vidas, dejar de entenderlo también puede significar quedar fuera.

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