Paradigma

Cuando la cultura deja de importarnos

Por Santiago Obregón Obregón

Hay escenas cotidianas que deberían preocuparnos: alguien humilla a otra persona y los demás se ríen; un adulto maltrata a un trabajador frente a sus hijos; una conversación termina en insultos porque nadie está dispuesto a escuchar. Después nos preguntamos qué pasó con los valores, como si hubieran desaparecido de un día para otro. Tal vez convendría preguntarnos qué estamos enseñando con nuestra manera de vivir y cuánto espacio dejamos para aquello que nos ayuda a comprender a los demás.

En esa reflexión, las artes y la cultura tienen mucho que decir. Sin embargo, con frecuencia las tratamos como actividades secundarias: algo para entretener, llenar un programa o acompañar una ceremonia. Se aplaude al grupo de danza, se toma la fotografía y se continúa con el evento. Pocas veces nos detenemos a pensar en lo que representa ese trabajo: disciplina, memoria, identidad y una forma de compartir lo que somos.

Sería injusto afirmar que antes todo era mejor. También en el pasado hubo violencia, discriminación y abusos que se justificaban en nombre de las buenas costumbres. Recuperar valores no puede significar regresar a una obediencia ciega ni imponer una sola manera de pensar. Significa reconocer la dignidad de las personas, asumir responsabilidades y entender que nuestras acciones tienen consecuencias en la vida de otros.

El arte puede ayudarnos en esa tarea porque nos obliga a salir, aunque sea por un momento, de nuestra propia experiencia. Una novela nos acerca a una vida distinta; una obra de teatro nos enfrenta con decisiones incómodas; una canción puede ponerle palabras a una tristeza que no sabíamos explicar. Nada de esto garantiza que seamos mejores personas, pero abre una posibilidad valiosa: mirar con más atención y juzgar con menos prisa.

Por eso preocupa que la formación artística se considere prescindible. Cuando a un niño se le dice que dibujar es perder el tiempo o que la música no le servirá para nada, también se limita una manera de expresarse y conocer el mundo. La educación necesita preparar para el trabajo, desde luego, pero su responsabilidad es más amplia. También debe formar personas capaces de convivir, disentir sin agredir y reconocer el esfuerzo ajeno.

La responsabilidad comienza igualmente en casa. No tiene mucho sentido pedir respeto mientras se desprecia al vecino, exigir honestidad mientras se presume una trampa o hablar de empatía mientras se disfruta la desgracia ajena. Los valores se vuelven creíbles cuando se practican. Escuchar a los abuelos, compartir una lectura, asistir a una actividad comunitaria o enseñar a cuidar un espacio público son experiencias sencillas que pueden dejar una huella profunda.

También necesitamos revisar nuestra relación con las pantallas. El problema no es que existan: gracias a ellas podemos descubrir artistas, recorrer museos y conocer expresiones culturales lejanas. La dificultad aparece cuando consumimos todo con la misma prisa y terminamos confundiendo popularidad con mérito. Una creación que exigió meses de trabajo merece algo más que unos segundos de atención antes de deslizar el dedo hacia el siguiente contenido.

En Hidalgo, esta conversación tiene un sentido cercano. Nuestra cultura vive en las bandas de música, las artesanías, las lenguas originarias, las fiestas comunitarias y las historias que pasan de una generación a otra. Cuidarla exige reconocer a quienes la mantienen viva. Admirar una pieza artesanal mientras se regatea hasta desvalorizar el trabajo de su creador revela una contradicción entre lo que decimos apreciar y lo que realmente estamos dispuestos a respetar.

Las instituciones tienen una responsabilidad concreta: ofrecer espacios accesibles, sostener talleres, acercar bibliotecas y dar continuidad a los proyectos culturales. Una presentación aislada puede emocionar; un proceso constante permite aprender, participar y construir vínculos. La cultura necesita estar presente en la vida cotidiana, especialmente donde las oportunidades para encontrarse y expresarse son escasas.

Quizá los valores no se estén perdiendo por completo; quizá estamos dejando de practicarlos y de crear las condiciones para transmitirlos. Las artes no resolverán por sí solas nuestros problemas, pero pueden ayudarnos a recuperar sensibilidad, memoria y conversación. Antes de lamentar lo que las nuevas generaciones han dejado de valorar, convendría mirar el ejemplo que reciben. El respeto también se enseña escuchando una historia, cuidando una tradición y reconociendo que la vida del otro merece nuestra atención.

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