Paradigma

Cuando la locura aprende a parecer normal

Hace más de quinientos años, Erasmo de Rotterdam tomó una decisión provocadora, permitió que hablara la Locura. No para colocarla lejos de nosotros ni para convertirla únicamente en objeto de burla, sino para mostrar algo mucho más complicado, la facilidad con la que los seres humanos podemos acostumbrarnos a ciertas formas de vivir hasta dejar de preguntarnos si realmente tienen sentido.

La imagen conserva una fuerza sorprendente. La Locura de Erasmo habla con seguridad mientras desnuda vanidades, apariencias, ambiciones y necesidades de reconocimiento. Su ironía obliga a mirar aquello que una sociedad aprende a considerar normal. Si recorriera nuestro tiempo, probablemente encontraría nuevas escenas para su discurso, agendas donde apenas queda espacio para respirar, prisa convertida en costumbre, disponibilidad permanente, culpa cuando llega el descanso y una idea arraigada de que, mientras continuemos funcionando, todo debe estar bien.

Cansarse forma parte de la vida sin duda, lo inquietante comienza cuando vivir cansados deja de parecernos extraño. Hemos aprendido a admirar a quien resiste o responde de manera rápida, resuelve y continúa, incluso cuando algo dentro de esa persona lleva tiempo pidiendo una pausa. Alguien puede llegar puntual, cumplir con todas sus responsabilidades, sonreír y sostener a otros mientras atraviesa una experiencia dolorosa que nadie alcanza a percibir. Con demasiada frecuencia esperamos la fractura visible antes de reconocer que había sufrimiento.

Nuestra capacidad para continuar puede ser una fortaleza. Nos permite atravesar pérdidas, preocupaciones, incertidumbres y periodos difíciles. El problema aparece cuando funcionar se convierte en la única manera posible de estar en el mundo y comenzamos a alejarnos de nuestra propia experiencia personal. Seguimos haciendo lo necesario, pero dejamos de preguntarnos cómo estamos viviendo aquello que hacemos.

En ese punto surge una pregunta curiosa que merece permanecer abierta: ¿en qué momento dejamos de mirarnos como personas y comenzamos a tratarnos únicamente por nuestra capacidad de responder?

Byung-Chul Han ha descrito una sociedad del rendimiento donde la exigencia ya no necesita venir siempre de una figura externa. Hemos aprendido a repetirnos que podemos hacer más, aprovechar mejor el tiempo, producir, responder y continuar. La presión termina habitando dentro de nosotros y, cuando las fuerzas disminuyen, muchas veces no cuestionamos el ritmo que llevamos, sino nuestro propio valor.

Así, el cansancio deja de ser escuchado como una señal y comienza a vivirse como culpa. La tristeza parece algo que debe superarse rápidamente, la incertidumbre se interpreta como falta de claridad y el dolor se vuelve incómodo cuando dura más de lo esperado. Pero, la experiencia humana no responde a calendarios, porque hay pérdidas que necesitan tiempo, preguntas que permanecen abiertas y etapas en las que simplemente no contamos con la misma fuerza. Ninguna de ellas disminuye nuestra dignidad.

También existen experiencias que tampoco pueden resolverse mediante una frase positiva o una recomendación inmediata, porque hay dolores que, antes de cualquier explicación, necesitan ser reconocidos, y escuchar ese dolor no significa instalarse en él, sino ofrecerle un lugar donde pueda ser nombrado sin ser juzgado, minimizado o apresurado.

Desde esta perspectiva, también necesitamos ampliar nuestra manera de comprender la salud mental. No comienza únicamente cuando aparece un diagnóstico, una crisis evidente o conductas de riesgo. Mucho antes existe un territorio cotidiano y que no se alcanza a ver: la persona que empieza a aislarse, quien deja de disfrutar aquello que antes le importaba, quien responde de manera diferente, vive con una irritabilidad desconocida o continúa cumpliendo con todo mientras interiormente comienza a sentirse distante de sí misma.

Esto exige aprender a mirar de otra manera. Lo que observamos nunca contiene la totalidad de una persona, una conducta es apenas la parte visible de una experiencia mucho más amplia. Ya que detrás de una respuesta puede haber cansancio; un silencio, miedo; una actitud que nos incomoda, historias que desconocemos. Comprenderlo no significa justificar cualquier comportamiento, sino reconocer que una vida humana nunca cabe por completo dentro de una etiqueta.

También nuestra mirada tiene historia, interpretamos desde aquello que hemos vivido, aprendido, temido o sufrido. Por esa razón, escuchar no debería reducirse a esperar el momento de responder, más bien una escucha auténtica permite que la experiencia del otro cuestione la primera idea que habíamos formado sobre él o ella. En ese instante dejamos de mirar únicamente “al alumno difícil”, “a quien exagera”, “a quien no quiere participar” o “a quien siempre tiene problemas”, y volvemos a encontrarnos con una persona cuya historia todavía no conocemos por completo.

Cuando esta reflexión entra en la escuela adquiere una dimensión especialmente importante, no porque la institución educativa deba convertirse en un espacio clínico, ni porque docentes y directivos tengan que resolver cada sufrimiento que aparece. La razón es más elemental: la vida entra todos los días al aula.

Llega con el niño que tuvo una mañana difícil, el adolescente que todavía no encuentra palabras para explicar lo que siente, docentes que también cargan preocupaciones, pérdidas y cansancio, y familias que llevan consigo distintas historias y formas de afrontar la realidad. Nadie puede dejar su experiencia personal en la puerta antes de entrar a una comunidad educativa.

Por eso una escuela que acompaña no es aquella donde nadie atraviesa dificultades. Tal lugar no existe, es una comunidad capaz de reconocer cuando algo está cambiando, de abrir espacios de escucha y saber cuándo una situación requiere una intervención especializada. Acompañar no significa resolver la vida de alguien, sino aprender a darse cuenta, notar una ausencia, cambios de conducta, silencios diferentes o una expresión que merece atención.

En ocasiones, una pregunta formulada a tiempo puede abrir una puerta, y una mirada atenta puede permitir que alguien se sienta visto, y reconocer que una situación nos puede rebasar y permitir recurrir a las redes adecuadas también forma parte del cuidado. No se necesita tener todas las respuestas para acompañar; solo sensibilidad para reconocer cuándo permanecer cerca y cuándo buscar apoyo profesional.

También conviene revisar la manera en que hablamos del bienestar, porque incluso la salud mental corre el riesgo de convertirse en otra exigencia. Pareciera que debemos trabajar bien, dormir bien, comer bien, relacionarnos bien, regular correctamente cada emoción y, además, sentirnos de la manera adecuada. Bajo esa lógica, cualquier momento de desequilibrio podría interpretarse como fracaso.

Pero vivir no consiste en permanecer intactos. La vida altera, sorprende, confronta y transforma, siempre habrá periodos en los que perdamos certezas, necesitemos detenernos o preguntarnos qué hacer con aquello que estamos viviendo, poder darnos cuenta de que no todo dolor constituye una enfermedad, aunque ningún dolor debería ser despreciado.

Por eso necesitamos dejar de preguntarnos solamente cómo formar personas cada vez más resistentes y comenzar a observar qué condiciones construimos para que alguien pueda reconocer un límite, equivocarse, pedir ayuda o atravesar una etapa difícil sin sentir que por ello vale menos.

La salud mental no depende únicamente de aquello que una persona hace consigo misma, también se construye en la manera en que nos relacionamos, en las palabras que elegimos, la posibilidad de escuchar sin invadir y el permiso que ofrecemos para que alguien no tenga siempre una respuesta. Se fortalece cuando existe una comunidad capaz de reconocer el sufrimiento sin convertirlo en identidad y de acompañar sin apropiarse de la experiencia del otro.

Volver a Erasmo permite mirar nuevamente nuestras contradicciones. Su Locura probablemente encontraría materia suficiente en nuestra obsesión por estar ocupados, en la dificultad para parar o la admiración hacia quien parece poder con todo y en esa costumbre de preguntar “¿cómo estás?”, sin detenernos realmente a escuchar la respuesta.

Acaso también preguntaría qué tan sensata puede ser una sociedad donde alguien necesita llegar al límite para que reconozcamos el cansancio, la ansiedad o el estrés.

No se trata de renunciar al esfuerzo, responsabilidad o a la capacidad de continuar, es tratar de recuperar una relación más humana con nuestros límites y con los límites ajenos. Comprender que detenerse no siempre significa retroceder, pedir ayuda no disminuye a nadie y escuchar un dolor cuando todavía habla en voz baja puede evitar que tenga que gritar para ser reconocido.

Hace más de quinientos años, Erasmo sostuvo un espejo frente a su tiempo. Su verdadera fuerza no consistía en señalar quiénes eran los necios, sino en obligar a cada lector a preguntarse si también aparecía reflejado.

Ese espejo continúa frente a nosotros. El paisaje ha cambiado, pero la pregunta permanece: ¿y si una de nuestras formas más silenciosas de locura fuera habernos acostumbrado a vivir lejos de nosotros mismos?

Recuperar la cercanía con nuestra propia experiencia no exige tener todas las respuestas. Puede comenzar con algo tan sencillo y tan difícil como detenernos a mirar, escuchar con menos prisa y recordar que, detrás de cada función, responsabilidad, conducta y cada apariencia, sigue existiendo una persona que no tendría que demostrar permanentemente que puede con todo para merecer ser mirada con dignidad.

Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica

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