“Antes de hablar de discapacidad visual, es necesario aprender a escuchar aquello que no siempre se ve”
Existen formas de amor que la sociedad reconoce y celebra: servir comida, resolver con rapidez, proteger en exceso, decidir por otros “para evitarles dificultades”. Son gestos aprendidos, heredados, repetidos muchas veces sin mala intención. Sin embargo, hay una forma de amor menos visible y mucho más exigente, que rara vez se enseña: la capacidad de observar.
Mirar es dirigir la vista hacia algo; es un acto intencional, pero puede ser breve, superficial o incluso automático. Observar, en cambio, implica detenerse, sostener la atención y disponerse a comprender la experiencia del otro, aun cuando incomode o confronte nuestras propias certezas. Observar no es únicamente un acto visual: es una postura ética, una forma de presencia.
Quizá ahí se encuentra una de las mayores deudas de nuestra sociedad. Vemos mucho, pero comprendemos poco.
Vivimos rodeados de imágenes, diagnósticos y respuestas inmediatas. Sin embargo, la acumulación de información no garantiza comprensión. Hay realidades que no se entienden desde la distancia ni desde la teoría, sino desde la convivencia silenciosa, el tiempo compartido y la disposición a estar sin invadir.
La discapacidad visual —especialmente cuando se adquiere en la adultez o en la vejez— no transforma solo la manera de ver el mundo; transforma profundamente la forma de habitarlo. Cambian los ritmos, las seguridades, la relación con el espacio, con el cuerpo y con los otros. Y, con frecuencia, cambia también la forma en que la sociedad responde.
Muchas veces esa respuesta es automática: ayuda sin preguntar, decisiones sin diálogo, palabras dichas desde la costumbre. No siempre hay mala voluntad. Hay desconocimiento. Hay una cultura que no ha sido educada para la inclusión sensible, sino para la prisa, funcionalidad y eficiencia.
Desde otra mirada, Maurice Merleau-Ponty advertía que el cuerpo no es un objeto, sino el lugar desde donde se vive el mundo. Cuando una persona pierde la visión, no pierde únicamente una función; se modifica su modo de estar-en-el-mundo. Si el entorno no reconoce esta experiencia vivida, la persona enfrenta no solo una limitación sensorial, sino una ruptura existencial.
Diversos estudios sobre baja visión y envejecimiento coinciden en ello: no es la pérdida visual en sí misma lo que genera mayor vulnerabilidad, sino la falta de comprensión y adaptación del entorno. Cuando el mundo no se adapta, la persona queda obligada a hacerlo sola.
Amar sin observar también puede herir. En nombre del amor se sobreprotege; en nombre del cuidado se silencia; en nombre de la ayuda se arrebata la autonomía. Esto ocurre con frecuencia en la vida de las personas con discapacidad visual y se profundiza en la vejez.
El adulto mayor deja de ser consultado y comienza a ser administrado. Se le habla, pero no siempre se le escucha. Se le acompaña, pero no necesariamente se le observa en su necesidad real.
Quien pierde la visión en la adultez o en la vejez atraviesa un duelo silencioso: no solo por lo que ya no ve, sino por lo que deja de ser posible tal como se conocía. Este proceso no requiere lástima ni soluciones rápidas, sino acompañamiento respetuoso. No necesita que otros decidan, sino que estén disponibles.
Acompañar a alguien que vive una discapacidad visual transforma también a quienes están cerca. Aparece el miedo, cansancio, incertidumbre y una adaptación constante pero muy complicada. Muchas familias cuidan desde el amor, pero sin orientación, sin red y sin reconocimiento. El cuidado no compartido desgasta. El amor que no es observado también duele.
Viktor Frankl sostenía que el ser humano necesita sentido para sostener la vida, incluso en la pérdida. Pero el sentido no se impone ni se acelera; se construye en relación, cuando alguien observa sin prisa y acompaña sin anular.
Existen marcos normativos, asociaciones y avances técnicos importantes. Sin embargo, la inclusión real no comienza en la ley, sino en la actitud cotidiana: el cómo nombro, en si pregunto antes de ayudar, respetando el ritmo del otro, explicando en lugar de decidir.
La baja visión no es un destino trágico por sí mismo; se vuelve doloroso cuando el entorno no comprende, no se adapta o no hay sensibilidad. La verdadera discapacidad aparece cuando la sociedad no sabe detenerse.
Tal vez el gran desafío de nuestro tiempo no sea aprender a ver más, sino aprender a observar mejor. Sin invadir, ni apresurar, reconociendo dignidad, historia y deseo.
Porque cuando una persona se siente observada con respeto, recupera algo esencial: su lugar en el mundo. Y cuando una sociedad aprende a observar, se vuelve más justa, más sensible y más humana.
Quizá el amor más profundo no sea el que actúa primero, sino el que se detiene a observar y aprende a acompañar sin quitarle al otro su voz.
Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica
