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Opinión

El día en que ‘E’ dejó de hablar

Publicado

el

Gabriela Cruz Valdés

‘E’ ha dejado de hablar… y de pensar.

Cuando ‘E’ nació lloró mucho. Los médicos dijeron que tenía buenos pulmones. El seno materno fue la solución a su llanto, pero no por mucho tiempo. Lloraba de día, de noche. Su madre le pedía silencio, le daba el pecho con desesperación, le cantaba, le paseaba, le abrazaba, pedía que contuviera el llanto porque pensaba que este era malo.

Con el paso de los meses, ‘E’ paró de llorar por tiempos prolongados. Su madre fue entendiendo los motivos del llanto: frío, sueño, hambre, calor, cansancio… Después, apareció la risa, algo más placentero, agradable y aceptable. Así que ‘E’ comenzó a reír más que a llorar, pero reír mucho era escandalizar; entonces, lo tuvo que aguantar. Luego, vinieron el enojo y la euforia, surgieron los gritos, todos dosificados para no molestar. Después, las primeras palabras…

Cuando ‘E’ comenzó a hablar descubrió el gran potencial que tenían esas palabras para expresar lo que sentía: la vida sería mucho más fácil así. Pero todo se complicó.

La primera palabra que le impactó fue el “no”. Esa sí que era ruda, le calaba hasta los huesos. Era incomprensible que solo dos letras tuvieran tanto poder para evitar dejarle ser y hacer cuanto quisiera. El antónimo “sí” era más agradable, pero siempre limitado.

Mientras más palabras fue hallando en el camino, más confusión se iba acumulando en la mente de ‘E’. No podía comprender cómo teniendo tantas palabras por pronunciar, había tanto que guardarse para sí por el solo hecho de existir esa horrenda palabra que le retumbaba una y otra vez: “No”.

“No toques, no juegues aquí, no veas eso, no escuches, no mires, no grites, no cantes, no te vistas de esa manera, no puedes comer eso, no se dice eso, no hables, no debes, no debes, no debes…”.

El día en que ‘E’ usó sus palabras para decir en casa lo que sentía, le dijeron que no era correcto; cuando las usó para decir en la escuela lo que le sucedía, le pusieron una mala nota y la castigaron en casa; cuando expresó a una amiga lo que pensaba, esta dejó de hablarle; cuando le dijo a una persona por qué le gustaba, se aprovechó y lastimó sus sentimientos.

Cuando ‘E’ habló en la universidad, algunos se burlaron, otros le defendieron y otros se sintieron amenazados. Poco después, en el trabajo, volvió a hablar y se ganó más enemigos que amigos. Cuando le acusaron y le acosaron, ‘E’ volvió a hablar y le ignoraron, se burlaron y le despidieron; le castigaron, le señalaron y marginaron…

‘E’ buscó un espacio seguro, uno donde pudiera expresar, sin temor, todo aquello que le reprimieron desde el día que nació: el llanto, la risa, su ira, la tristeza, la libertad de expresarse, pero siempre encontró esas dos poderosas letras que le atormentaban: “No”. Palabra disfrazada de rectitud y buenos modales, de sumisión y obediencia, de política y educación, y tan cargada de control y represión.

Por ese “no”, ‘E’ se guardó los abusos infantiles, se calló las injusticias escolares, aguantó los abusos laborales, reprimió una conciencia social que le podría haber salvado junto con muchas más personas.

‘E’ no puede más. ‘E’ ha tenido que callar. Esas palabras que con tanto entusiasmo cultivó para construir un bello lenguaje, se quedaron encerradas en su mente, ese único espacio seguro que halló para esconderse, en donde un “no” es inadmisible y ha quedado silenciado, como ‘E’, para el resto del mundo.

‘E’ ha callado y ha dejado de hablar el lenguaje del mundo; ha decidido construir el suyo, más amable, menos pretensioso y con más amor.

El lenguaje, algo más que un concepto

De acuerdo con Noam Chomsky, el lenguaje es un órgano biológico tan básico como la vista. Está impreso en nosotros desde el momento de existir, nos comunicamos con la madre desde el seno materno. Con el tiempo, vamos adaptando ese lenguaje y construimos sistemas que nos permiten comunicarnos como seres sociales, una especie de técnica de explotación cuyo sentido, paradójicamente, es un sinsentido.

Empleamos el lenguaje para divagar, para conceptualizar, intentar comprender una existencia que no es comprensible. El ser humano trata de racionalizar y teorizar a través del lenguaje y respecto a este mismo; se trata de una especie de arrogancia científica que en nada resuelve muchos de los conflictos sociales que aquejan a la humanidad.

Respecto a esto, Chomsky sentencia: “La idea de que un análisis científico en profundidad nos dice algo acerca de los problemas de los seres humanos, de nuestras vidas, de las relaciones que mantenemos unos con otros, etcétera, es a mi juicio, mera pretensión: una pretensión al servicio de sí misma, lo cual es de por sí una técnica de dominación y de explotación que convendría evitar a toda cosa”.

El mismo Chomsky, al intentar explicar la construcción del lenguaje, se muestra cauteloso y evita hacer de este un objeto de estudio científico de difícil acceso a la comprensión humana; más allá de eso, intenta expresar que el lenguaje tiene una razón más sencilla, una función básica al servicio de la humanidad.

Se trata de una facultad del lenguaje originada en alguna parte del cerebro, o de la mente, como él mismo cita, “que se dedica específicamente al conocimiento y al uso del lenguaje… es una suerte de órgano lingüístico, a grandes rasgos análogo al sistema visual que se dedica a una tarea muy delimitada”.

Y esta tarea específica del lenguaje es, justamente, la que no ha sido bien empleada en el desarrollo del ser humano como ente social.

Si el lenguaje es una función básica, ese órgano biológico que nos permite comunicarnos como acción de supervivencia, ¿por qué es que hemos volcado ese lenguaje contra nosotros mismos? Es decir, usamos el lenguaje para negar nuestras necesidades básicas, como la expresión de las emociones que nos dañan como humanos, pero lo empleamos como ese instrumento de dominación y explotación que planteó Chomsky.

No se trata aquí de crear toda una teoría o causar controversia respecto del origen, construcción y función del lenguaje; porque eso, como ya fue expuesto por Chomsky, es mera arrogancia o alarde científico, sino de dejar la reflexión respecto al empleo de este nuestro vasto y querido lenguaje al servicio de mejores causas que las de único control político y dominación. Se trata de emplearlo para expresar, sin represión, necesidades tan básicas como las emociones, o las amenazas que ponen en riesgo la integridad personal y, con esto, el colapso de una sociedad cada vez más expuesta a la decadencia.

En este justo punto, me queda una cuestión: si el lenguaje es un órgano biológico tan básico, su mal empleo, o quizá el nulo funcionamiento de este por miedo o represión y castigo, ¿podría llevarnos a una especie de muerte mental y social, como le ocurrió a  ‘E’?.

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