Hace veinte años, en el verano de 2006, irrumpía en los cines una película sobre el suntuoso mundo de las revistas de moda. Lo que en apariencia era una comedia ligera (una sátira sobre la tiranía laboral y el choque de los mundos editorial y de la moda) terminó por convertirse en una obra de culto cinematográfico que rompió paradigmas. The Devil Wears Prada (El diablo viste a la moda), dirigida por David Frankel y basada en la novela homónima de Lauren Weisberger publicada en 2003; no solo fue un éxito comercial rotundo, recaudando más de 326 millones de dólares frente a un presupuesto, modesto para Hollywood, de 41 millones de dólares; además, se consolidó como un referente en el mundo del vestir.
Hoy, nos encontramos en la antesala de su esperado regreso. El diablo viste a la moda 2 llega a las pantallas mexicanas tras una fastuosa premier en Nueva York el pasado 21 de abril y una gira global que tocó puntos estratégicos como Londres, Tokio y la Ciudad de México. Lo más relevante, sin embargo, es el retorno del lujo de elenco original: Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, quienes retoman a los personajes que los inmortalizaron en aquella primera gran entrega de este clásico contemporáneo del cine.
La relación entre películas y moda es inherente, pero, pocas producciones logran impactar en la percepción de las tendencias. En la historia del cine, solo dos títulos conversan en la misma mesa de El Diablo viste a la moda: Breakfast at Tiffany’s (1961), donde la sociedad entre diseñador y musa: Audrey Hepburn y Givenchy legó el eterno Little Black Dress (vestido negro corto); y À bout de souffle (Sin aliento, 1960) de Jean-Luc Godard. En esta última, referente de la nouvelle vague francesa, la actriz Jean Seberg y su estética nonchalant (despreocupado), pantalones capri, corte de pelo pixie y camisetas a rayas, definieron la «sofisticación sin esfuerzo» que incluso inspiró diseños de Chanel.
La cinta de 2006 funcionó como un manual perfecto para entender el microcosmos editorial, sobre el macrocosmos de la moda, desde la aparente simpleza en la narrativa propia de Hollywood. Años antes, se estrenó el antecedente fílmico que satirizó la moda de alta costura. Fue en 1994, cuando Robert Altman presentó Prêt-à-Porter, una propuesta autoral, cine denso, que retrataba el caos de la Semana de la Moda en París, con un tono de comedia negra en medio de una intriga. No alcanzó la magistral precisión del guion de Aline Brosh McKenna en su adaptación de The Devil Wears Prada, lleno de diálogos, frases y situaciones formidables.
Resulta imposible olvidar el monólogo de Miranda Priestly sobre el azul cerúleo. En menos de dos minutos, esa escena ofrece una cátedra sobre la Trickle-down theory (teoría del goteo descendente). Al desarmar la ilusión de «libre elección» de Andy Sachs, Miranda demuestra que un simple suéter de liquidación es, en realidad, el residuo de una decisión tomada años atrás en una oficina desde un frío corporativo. Es la moda explicada como una estructura de poder, no como una predilección individual.
La veracidad de este retrato cinematográfico halló su eco documental en The September Issue (2009), dirigido por R.J. Cutler, quien capturó el complejo proceso creativo de Anna Wintour en Vogue; ella, es la persona en que quien está inspirado el personaje de Miranda Priestly. Esta pieza nos permitió constatar que la ficción de Frankel no distaba de la gélida realidad de la editorial sobre moda; a través de esta película, somos testigos de la apoteósica edición del histórico número de septiembre de 2007. Bajo el mando de Wintour, aquel volumen no solo desafió los estándares de la industria, sino que se convirtió en un objeto de culto físico: un tomo de 840 páginas y 2.5 kilogramos, donde el papel y el poder en el universo del fashion, demostraron su gran peso, su gran tamaño.
El diablo viste a la moda 2, debe ser algo más que un ejercicio de nostalgia o reciclaje cinematográfico. Aunque el director David Frankel repite en la silla, en el guion otra vez Aline Brosh McKenna, y, el vestuario quedó en manos de Molly Rogers (discípula de la brillante Patricia Field, diseñadora de la primera parte), ellos, se permitieron el desafío de superar o igualar lo hecho en su primera entrega, con el riesgo mayúsculo de no lograrlo. A priori, parece una apuesta segura en taquilla, pero solo el tiempo dirá si logra ser tan memorable como aquella comedia que, hace veinte años, puso a pensar todos en el color de su suéter.
