Paradigma

El Óscar después del aplauso: política y memoria

Han pasado apenas unos días desde la 98ª entrega de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas, y, sin embargo, la conversación parece haber envejecido con la velocidad de nuestro tiempo: lo que anoche fue tendencia, hoy es archivo. La ceremonia —como casi toda la agenda pública contemporánea— caduca al ritmo de la inmediatez mediática, aun cuando no estuvo exenta de momentos de tensión que merecen algo más que el olvido exprés.

Más allá del palmarés, la reciente entrega dejó varios puntos para la reflexión. Uno de los más visibles fue la aparición del actor Javier Bardem, quien, al subir al escenario para presentar el premio a mejor película internacional, portaba en la solapa de su impecable traje dos mensajes de fuerte carga simbólica: “No a la guerra” y la figura de Handala, ese niño calvo y de espaldas creado en 1969 por el caricaturista palestino Nayi al-Alí. Handala no es solo un dibujo: es un emblema de resistencia, dolor y dignidad. Bardem subrayó el gesto con una declaración directa, sin sutilezas: “No a la guerra y Palestina libre”.

El gesto no es nuevo en su trayectoria. Ya en 2003, durante los Premios Goya, el actor había mostrado el mismo lema en protesta por la guerra de Irak. Otro contexto, otra geopolítica, pero una misma pulsión ética. En Bardem, el activismo no es un arrebato, sino una línea de continuidad.

Conviene recordar que el Óscar es, en esencia, el mayor escaparate del glamour cinematográfico: egos hipertrofiados, narrativas de éxito y una coreografía de la superficialidad cuidadosamente ensayada. Pero también, de forma intermitente, ha sido un escenario de fricción, de gestos incómodos que interrumpen la complacencia.

El antecedente más emblemático sigue siendo el de Marlon Brando en 1973. Galardonado como mejor actor por El Padrino, Brando decidió no asistir y envió en su lugar a la activista Sacheen Littlefeather, quien rechazó la estatuilla en su nombre como protesta por la representación y el trato de los pueblos originarios Estados Unidos, en Hollywood. Aquella noche marcó un quiebre: Littlefeather, entre aplausos y abucheos, fue impedida de leer el discurso completo —un texto de quince páginas— y terminó pagando el precio de la visibilidad con el ostracismo profesional. Tuvieron que pasar cinco décadas para que la Academia ofreciera una disculpa formal. Llegó tarde: ella falleció en 2022, poco después de recibirla.

Cinco años más tarde, en 1978, la ceremonia volvió a tensarse con la intervención de Vanessa Redgrave. Al recibir el Óscar como mejor actriz de reparto por Julia, pronunció un discurso que, aún hoy, resuena por su audacia y su carga política. Tras reconocer la lucha del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial, lanzó una crítica frontal contra lo que pronunció: “pequeño grupo de matones sionistas cuyo comportamiento es un insulto a la dignidad de los judíos de todo el mundo y a su gran y heroica trayectoria de lucha contra el fascismo y la opresión”. El contexto era explosivo: Redgrave había producido el documental El palestino, lo que desató protestas y amenazas en su contra. Aquella noche, el recinto estuvo resguardado incluso por francotiradores. El Óscar, por unas horas, dejó de ser una fiesta para convertirse en campo de batalla simbólico.

Estos episodios — donde Brando protesta, Bardem reivindica y Redgrave provoca — no son anomalías: son recordatorios. La incorrección política, lejos de ser un accidente, es una grieta necesaria en la superficie pulida del espectáculo. Sin ella, el Óscar corre el riesgo de reducirse a una cena fastuosa de autocomplacencia industrial de élite.

Es precisamente en ese punto de fricción —donde el entretenimiento se contamina de realidad— donde la ceremonia recupera su densidad cultural. Cuando un actor causa incomodidad, cuando un discurso rompe paradigmas, cuando una causa se cuela entre las lentejuelas, el cine vuelve a ser lo que siempre ha sido en su mejor versión: un espacio de provocación.

Salir de la versión móvil