Opinión
El peso de los días cortos: la otra cara del invierno emocional

“Hay inviernos que no aparecen en el calendario; se alojan dentro del pecho.”
Cada año, miles de personas experimentan un apagón silencioso justo cuando los días se acortan y el frío toca las ventanas. No es falta de fuerza, ni fragilidad, ni “mal humor por el clima”. Es un fenómeno real, profundo y a menudo incomprendido: la depresión estacional, una forma de sufrimiento emocional que se activa con los cambios de estación y que, lejos de ser una simple tristeza pasajera, transforma la manera en que vivimos, pensamos y sentimos.
Cuando la luz falta afuera… y adentro
La depresión estacional, conocida clínicamente como Trastorno Afectivo Estacional, llega casi siempre en silencio. Sus señales no gritan: se insinúan entre bostezos excesivos, cansancio inexplicable y una nostalgia pegajosa que se adhiere a la rutina.
Para quien la padece, despertar cada mañana puede sentirse como empujar el cuerpo contra una corriente helada.
El invierno trae noches más largas, pero para algunas personas trae algo más oscuro: el desaliento de no reconocerse, de sentir que la energía se deshace entre las manos y que lo cotidiano se vuelve cuesta arriba.
No es debilidad. No es elección. Es un llamado de auxilio del organismo cuando la luz, la biología y las emociones se desbalancean.
El cuerpo también reacciona a las estaciones
La ciencia ha mostrado que la falta de luz solar altera profundamente los ritmos del cuerpo: Investigaciones clínicas, como las de Norman E. Rosenthal, han sido clave para identificar y describir el Trastorno Afectivo Estacional (SAD), relacionando claramente la variación de la luz con cambios en el estado de ánimo.
La melatonina —la hormona del sueño— se prolonga más de lo debido; la serotonina —mensajera del bienestar— disminuye; y el reloj interno pierde su sincronía.
El resultado es una sensación de letargo, hambre emocional de carbohidratos, irritabilidad, sueño excesivo y una tristeza persistente que no se disipa con una siesta ni con un “échale ganas”.
Pero más allá de los mecanismos biológicos, el enfoque humanista nos recuerda algo esencial: el sufrimiento humano no se reduce a un neurotransmisor. Es experiencia, historia y diálogo íntimo entre nuestro mundo interno y el ritmo externo que la vida nos impone.
Desde la psicología humanista, como la propuesta por Carl Rogers, se enfatiza la experiencia subjetiva, empatía y actitud no juzgadora del acompañante, lo cual resulta fundamental al abordar el sufrimiento que acompaña a estas estaciones. Recordándonos “No estás roto, rota: estás buscando luz”
Quien vive una depresión estacional no necesita juicio ni minimización. Necesita comprensión. Necesita que alguien le diga: “Lo que sientes es verdadero, y hay formas de volver a encender tu luz.”
La psicoterapia, el acompañamiento psicológico, los ajustes en la rutina y el cuidado integral han demostrado ser caminos eficaces para recuperar el equilibrio. Pero, sobre todo, la recuperación inicia cuando la persona deja de culparse y comienza a mirarse con ternura.
Desde esta perspectiva, la pregunta no es:
¿Qué te pasa?” sino ¿Qué estás viviendo? ¿Qué parte de ti necesita más abrigo emocional en esta temporada?
Hablemos del invierno emocional sin miedo
Como sociedad, aún falta valentía para hablar de salud mental sin estigmas. Muchos siguen creyendo que la depresión estacional es exageración o mentira. Pero mientras guardamos silencio, otras personas viven atrapadas en un invierno que nadie ve.
Por ello, reconocer este trastorno es un acto de humanidad. Nombrarlo es comenzar a deshacer la sombra. Porque cuando un fenómeno afecta nuestra capacidad de disfrutar la vida, trabajar, convivir o sentir, es momento de mirarlo con seriedad… pero también con calidez.
Un recordatorio para quien lo necesite…
Si esta temporada te sientes diferente más cansada (o), triste o desconectado(a), no eres tú: es tu cuerpo reaccionando a un entorno que cambió antes de que tu alma pudiera adaptarse.
Así que, pedir ayuda no es rendirse; es elegir la vida.
Cuidarte no es egoísmo; es dignidad.
Reconocer lo que sientes no te hace frágil; te hace humano.
El cierre de un invierno… siempre anuncia un amanecer
La depresión estacional existe y merece ser comprendida sin juicio, pero también es una condición tratable y acompañable, que permite una reflexión iluminadora.
Tal vez no podamos acortar los días del invierno, pero sí podemos acompañarnos para que la oscuridad no sea tan densa.
Y en ese gesto simple, humano y profundo, recordamos algo que nunca deberíamos olvidar:
“Ninguna estación es eterna. Y cuando el ánimo vuelve a levantarse, entendemos que incluso en los días más oscuros seguimos teniendo un lugar dentro de la vida”
Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica







