Paradigma

Estamos conectados todo el tiempo pero ¿realmente estamos cerca?

Vivimos en la actualidad un fenómeno que a muchos molesta, a otros conviene y otros han normalizado y es que en una conversación el cuerpo está presente pero la atención está lejos, por eso pienso que ahora la presencia es una de las formas más profundas de cariño que todavía podemos ofrecer.
Porque estar realmente cerca de alguien significa escuchar sin estar pensando en la siguiente respuesta, mirar a los ojos, preguntar “¿cómo estás?” y tener la paciencia suficiente para escuchar una respuesta que quizá no sea “bien”. La presencia es también aceptar los silencios, algo que parece sencillo pero que hemos olvidado.
Las redes sociales han cambiado nuestra manera de relacionarnos, nos permiten mantener vínculos con personas que de otra forma ya habríamos perdido el contacto, reencontrarnos con amigos, compartir momentos importantes y sentirnos parte de una comunidad, eso es valioso, el problema aparece cuando confundimos interacción con intimidad.
Un “me gusta” puede decir te vi pero no necesariamente significa “te escucho”; un mensaje con emoji puede expresar cariño pero no siempre sustituye una conversación y quizá ahí está una de las grandes paradojas de esta época, tenemos más acceso a los demás pero no necesariamente más conocimiento de ellos, hemos desarrollado una extraña costumbre: estar con alguien mientras nuestra atención está en otra parte. Estamos cenando y revisamos el teléfono, estamos viendo una película y contestamos mensajes, alguien nos cuenta algo importante y casi sin darnos cuenta, miramos una notificación, un mensaje…
Nos hemos acostumbrado tanto al ruido digital que el silencio puede resultar incómodo, podemos tener cientos de seguidores y no saber a quién llamar cuando necesitamos hablar de verdad. La cercanía no se mide en seguidores, mensajes enviados o fotografías compartidas, se mide en: confianza, tiempo y escucha.
Tal vez el verdadero reto de nuestra época no sea aprender a comunicarnos más, sino aprender a estar realmente presentes cuando alguien está frente a nosotros. No se trata de abandonar la tecnología ni de idealizar un pasado en el que todo era diferente o mejor. La tecnología también nos acerca, gracias a ella podemos mantener relaciones a pesar de la distancia, compartir momentos que de otra manera sería imposible.
El problema no estar conectados, es creer que eso es suficiente, tal vez necesitamos recuperar pequeños gestos que parecen pasados de moda, pero que siguen teniendo un enorme valor: una llamada sin motivo, una conversación sin mirar el teléfono, una comida compartida, una visita inesperada, escuchar una historia completa sin interrumpirla para revisar una notificación.
Al final lo que todos buscamos no es simplemente que alguien vea nuestra publicación, queremos que alguien nos vea a nosotros, no solamente que sepan dónde estamos, sino cómo estamos, quizá la verdadera cercanía comience precisamente cuando dejamos de preocuparnos por demostrar que estamos conectados y empezamos a preguntarnos si realmente estamos presentes.
Ninguna tecnología puede reemplazar algo tan sencillo y tan humano como sentarse frente a otra persona y decirle: “estoy aquí, cuéntame”.

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