“Hay decisiones que son correctas… pero traicionan al alma”
Cumplen con la norma, con lo esperable, con lo racionalmente defendible, y aun así dejan una sensación persistente de vacío. No porque estén mal, sino porque no son verdaderas para quien las vive. Lo legal, lo lógico y lo socialmente aprobado no siempre coinciden con lo auténtico.
María Zambrano nombró esta fractura con una lucidez profunda: hay verdades que no se alcanzan por la razón técnica, sino por una razón poética, una forma de conocimiento que emerge de la experiencia vivida. Cuando una decisión no puede ser habitada, cuando no se reconoce en el cuerpo ni en la historia personal, no se rompe la ley: se rompe la continuidad del ser.
El alma —si se le permite llamarla así— posee su propia ética. No responde a reglamentos ni a consensos, sino a una brújula más antigua, compleja y viva. Paul Ricoeur distinguió con claridad entre la moral de las normas y la ética de la vida buena. El vacío aparece cuando una acción, aun siendo correcta, no puede integrarse al relato íntimo de quien la ejecuta. No encaja en la historia que uno sabe, aunque no siempre se atreva a admitir, que está llamado a vivir.
Desde otra profundidad, Emmanuel Lévinas nos recordó que la ética no nace de la elección racional, sino de una responsabilidad anterior a toda norma. Hay un llamado que antecede al cálculo. Traicionar al alma es, muchas veces, acallar esa interpelación silenciosa que insiste, incluso cuando el mundo entero aprueba lo contrario.
Seguir esta ética no promete serenidad. A menudo exige ruptura, renuncia o soledad. Hannah Arendt advirtió que el mayor riesgo ético no es el error, sino la renuncia a pensar. Pensar, para ella, es sostener un diálogo interior. Cuando una decisión rompe ese diálogo, cuando ya no es posible estar a solas con uno mismo sin incomodidad, algo esencial se ha perdido, aunque externamente todo funcione.
Esta fractura se vuelve especialmente visible en el ámbito profesional. Cumplir códigos y lineamientos es necesario, pero no suficiente. Martin Buber recordaba que lo humano se juega en la relación viva, en el “yo–tú”. Cuando la práctica se reduce a lo funcional, a lo correcto sin encuentro, incluso uno mismo puede convertirse en un “eso”. La consecuencia no es inmediata, pero sí profunda: desgaste, desafección, pérdida de sentido.
En contraste, cuando una decisión nace de la coherencia interior —aunque implique dolor o pérdida— ocurre algo que no suele nombrarse, pero se reconoce con claridad: unidad interna. No una paz ingenua, sino la experiencia de no vivir escindido. De no desmentirse.
Esta ética no suele aparecer en manuales ni en códigos institucionales. No es cómoda ni popular. No siempre puede explicarse con argumentos aceptables para todos. Pero tiene una fuerza silenciosa que permite habitar la propia vida sin fragmentarse, sostener la propia voz sin traicionarse.
Quizá por eso la pregunta más importante no sea ¿qué es lo correcto?, sino ¿qué es lo verdadero? No lo verdadero como idea abstracta, sino como experiencia encarnada, aquello que, al ser, permite seguir siendo uno mismo sin dividirse.
¿Qué sabes que es verdadero en ti…pero aún no te atreves a elegir, por miedo a traicionar lo externo?
Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica
