Paradigma

La incomoda conversación sobre el feminismo

Rosalía Guerrero Escudero

“Eres una feminista”. Para muchas mujeres, esta frase no suena a reconocimiento, sino a advertencia. Se pronuncia como algo que conviene ocultar, suavizar o justificar. Chimamanda Ngozi Adichie parte de esta experiencia cotidiana en Todos deberíamos ser feministas (2012), un texto breve pero contundente que desnuda las contradicciones con las que aún se vive el género en nuestras sociedades.

Uno de los puntos más incómodos que plantea la autora es la postura de muchos hombres que aseguran “no pensar en términos de género”. Se consideran neutrales, ajenos al problema. Sin embargo, esa supuesta neutralidad es precisamente el núcleo del conflicto: no pensar en género es un privilegio. Cuando una mujer afirma que las cosas son más difíciles para ella, suele encontrar incredulidad. Se responde que “ya hay leyes que protegen a las mujeres” o que “ahora están mejor que antes”, como si la existencia de normas fuera sinónimo de igualdad real.

Adichie distingue con claridad entre las diferencias biológicas —hormonas, órganos sexuales, fuerza física— y las diferencias sociales que hemos construido a partir de ellas. El problema no es la biología, sino cómo la socialización exagera esas diferencias y las convierte en jerarquías. Lo biológico se traduce en supuestas capacidades mentales, legales o de liderazgo que colocan a los hombres como naturalmente aptos para dirigir el mundo, mientras a las mujeres se les exige contención, cuidado y silencio.

Un ejemplo revelador es el manejo de las emociones. A las mujeres se nos pide no ser “demasiado sentimentales” ni expresar la rabia, porque resulta amenazante. En cambio, cuando un hombre es duro, ambicioso o dominante, suele ser visto como firme o exitoso. La misma conducta, dos lecturas distintas. El género opera como un filtro que legitima o castiga.

La autora también cuestiona la narrativa que asocia el proyecto de vida femenino con la pareja y la maternidad. A muchas mujeres se les inculca que sin estos elementos su vida está incompleta. Quienes deciden algo distinto enfrentan críticas, juicios y, en ocasiones, exclusión. Lo más inquietante es que estos mandatos están tan interiorizados que muchas veces los reproducimos sin darnos cuenta, incluso entre mujeres.

Por ello, Chimamanda habla de deconstrucción: desaprender lo que se nos enseñó sobre cómo “deberíamos” ser. No es un proceso cómodo. Las conversaciones sobre género incomodan porque obligan a reconocer que, durante siglos, las mujeres han sido sistemáticamente excluidas. El feminismo no es un ataque ni una moda; es una forma de nombrar esa exclusión y de exigir igualdad.

De ahí su afirmación provocadora: todos y todas deberíamos ser feministas. No porque no existan otros problemas sociales urgentes, sino porque esta lucha es profundamente humana. Reivindicar la palabra “feminista” significa creer en la igualdad social, política y económica entre mujeres y hombres. Mejorar las cosas nos corresponde a todas y todos.

Entonces, la pregunta queda abierta: ¿qué cambiaría en nuestra vida cotidiana si dejáramos de ver el feminismo como una amenaza y lo asumiéramos como un acto de justicia?

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