Paradigma

La patria que construyó el cine

El grito de Dolores o La Independencia de México es considerado uno de los primeros trabajos fílmicos de ficción realizados en nuestro país, además de ser una representación cinematográfica pionera del inicio de la lucha de Independencia. Fue filmado en 1907, bajo la dirección de Felipe de Jesús Haro, quien también dio vida a Miguel Hidalgo.

De la obra original sobreviven poco más de tres minutos, correspondientes a las escenas del Grito y la marcha de los insurgentes. Este valioso documento forma parte de la Colección Salvador Toscano, resguardada por la Filmoteca de la UNAM.

Es maravilloso tener al alcance del público este material, disponible en el canal de YouTube de la propia Filmoteca. Particularmente, no dejo de impresionarme cada vez que veo esas breves imágenes: una proeza cinematográfica que recrea uno de los pasajes fundacionales de nuestra historia como país independiente.

Décadas después, con el Estado posrevolucionario ya establecido y una industria fílmica en proceso de consolidación, surgió un nacionalismo de fuerte tono popular y soberanista. Ese espíritu puede advertirse en El cementerio de las águilas, filmada en 1938 y estrenada en 1939, bajo la dirección de Luis Lezama y con Jorge Negrete como protagonista.

La película aborda la defensa del Castillo de Chapultepec ante la invasión del ejército de Estados Unidos. Su relato transmite un claro mensaje contrario a la intervención extranjera y recurre a una historia que durante mucho tiempo mantuvo un profundo vínculo sentimental con la sociedad mexicana: el sacrificio de los Niños Héroes. Su realización coincidió, además, con el gobierno de Lázaro Cárdenas y el clima de reafirmación nacional generado por la Expropiación Petrolera.

Más tarde, en plena Época de Oro del cine mexicano y dentro del contexto de la Segunda Guerra Mundial, se produjo una de las películas más complejas por su significado y propósito: La virgen que forjó una patria (1942), dirigida por Julio Bracho. Su narrativa abarca tres momentos de nuestra historia: la Conquista, las apariciones guadalupanas y el inicio de la lucha de Independencia.

En 1942, el entonces presidente Manuel Ávila Camacho declaró la guerra a las potencias del Eje: la Alemania nazi, la Italia fascista y el Imperio japonés. Ante el conflicto internacional, el gobierno buscaba la unidad entre los distintos sectores sociales y políticos del país. En el ambiente todavía permanecían las tensiones religiosas derivadas de la Guerra Cristera.

En ese contexto, La virgen que forjó una patria convirtió la imagen guadalupana en un símbolo político de unidad nacional. Su discurso planteaba que la Virgen de Guadalupe podía reunir a indígenas, criollos y mestizos, y mantener unida a la patria frente a cualquier situación adversa. Más que limitarse a contar el inicio de la Independencia, la película proponía una interpretación religiosa del nacimiento de México.

Otra cinta alusiva a la Independencia, de la que poco se ha hablado en relación con su trasfondo ideológico, es Mina, viento de libertad, realizada en 1976 y estrenada internacionalmente al año siguiente. Fue una coproducción cubano-mexicana dirigida por el cineasta vasco Antonio Eceiza, con José Alonso en el papel de Xavier Mina, militar español nacido en Navarra, criado en el seno de una familia vascohablante, que, después de combatir al absolutismo en Europa, se incorporó a la insurgencia mexicana.

La película utiliza su figura para recuperar conceptos vinculados con la izquierda política de aquellos años, como el internacionalismo revolucionario y la solidaridad entre los pueblos. Al principio se lee la pregunta: “¿Puede un extranjero luchar por la libertad de una patria que no es la suya?”, seguida por una afirmación: “Esta es la historia de Xavier Mina, un hombre que demostró que la libertad no tiene fronteras”.

El planteamiento recuerda inevitablemente al Che Guevara. La asociación no resulta gratuita: en algunos carteles de Mina, viento de libertad, la representación del insurgente evoca discretamente la iconografía construida alrededor del revolucionario argentino-cubano. La Independencia mexicana es reinterpretada, así, desde los debates políticos latinoamericanos del siglo XX.

Otra película que me parece pertinente revisar en el marco de las celebraciones patrias es Gertrudis (1992), dirigida por Ernesto Medina y protagonizada por Ofelia Medina en el papel de Gertrudis Bocanegra. El filme fue producido durante las conmemoraciones del quinto centenario de la llegada de los europeos a América, denominado entonces “Descubrimiento de América”.

Esta película posee el mérito de reivindicar la figura de una mujer que durante mucho tiempo permaneció al margen del relato más difundido sobre la insurgencia. Gertrudis Bocanegra no aparece únicamente como acompañante de los grandes caudillos, sino como una protagonista política vinculada con las redes civiles que sostuvieron la lucha independentista. Su historia recuerda que la patria también fue construida por mujeres cuyos nombres quedaron relegados frente a las figuras masculinas.

Vistas en conjunto, van más allá de la recreación espectacular de episodios históricos de Mexico.  Cada una dice mucho sobre el momento en que fue realizada: el cine porfiriano convirtió el Grito en espectáculo cívico; el cardenismo exaltó la defensa del territorio; el gobierno de Ávila Camacho encontró en la Virgen de Guadalupe un emblema de unidad; el cine de los años setenta reinterpretó la Independencia desde el internacionalismo revolucionario, y en los noventa se comenzó a recuperar la participación de las mujeres.

El cine no se limitó a registrar la patria: le otorgó rostros, símbolos, héroes y sacrificios. Aunque la filmografía mexicana dedicada a los acontecimientos históricos que sustentan las fiestas patrias de septiembre es reducida, sus imágenes han contribuido a construir nuestra memoria e identidad nacionales. Así, la patria que celebramos cada septiembre también fue construida en la gran pantalla.

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