Paradigma

¿La religión es un delirio colectivo?

César Peña *

Ríos de tinta se han gastado, desde teólogos hasta investigadores, para tratar la legitimidad de las religiones, que basadas muchas de éstas, en deidades y su lucha contra el mal, son parte del ser humano y los grupos que se han entregado a su culto en templos y sitios de adoración.
Pero más allá de todo esto, las religiones proveen un lado espiritual, que si bien para la ciencia no existe, se entiende como ese estado de tranquilidad y relajamiento que encuentran en la esperanza y el confort que ofrecen ciertas creencias. Cada culto tiene una explicación del origen de la vida, la creación del cosmos y todo lo que nos rodea así como el destino que tendremos tras la vida terrenal.
Evidentemente la religión, por intuitiva y primaria respecto de la inteligencia humana, surgió mucho antes que la ciencia y por ello dio explicaciones, por infantiles que suenen, mucho antes, mismas que han sobrevivido a lo largo de los siglos. Aunque algunas de éstas religiones se han transmitido de forma oral y escrita, son parte de la misma cultura de cada pueblo ha desarrollado.
En el caso de la lucha de la existencia de dioses y demonios, desde luego diversas ramas científicas descalifican en automático su existencia y subrayan claramente que se trata de seres imaginarios y de mitos sin ninguna base real. Incluso el mismo Sigmund Freud fue uno de los primeros en ver, en El futuro de una Ilusión, que se trataba de un delirio colectivo de las masas, que abandonados por el padre, se remitía a una humanidad abandonada que veía en Dios a ese padre ausente.
No hay ninguna evidencia de que los calificados dioses con existencia extraterrenal, a los que se les concede poderes supremos, dones como la inmortalidad, crear humanos, decidir su destino y su vida, existan. Ninguno de los cerca de 30 mil ubicados a lo largo de la historia, en realidad existe ni existió, por más apasionados que seamos de alguna de estas religiones.
Estamos en una cultura que sanciona que los niños tengan amigos imaginarios, afirmando que sólo es tolerable salida la temprana infancia pero hasta ahí, sin embargo acepta y permite que los adultos desarrollen esos amigos imaginarios en forma de dioses y que no sólo ello, sino que tales deidades decidan su vida que según ellos ya está escrita en un libro.
El que sea colectivo el delirio no lo hace verdad, aunque da más seguridad y respaldo en un fenómeno de psicología de masas que desde luego es aceptado, sobre todo cuanto más arraigado está en la población. No es sano tampoco tener amigos imaginarios en una edad adulta por más sacros que sean y menos para justificar acciones de intolerancia y discriminación hacia las minorías y disidencias.
Hace dos mil años si una persona decía que Dios le pidió asesinar a su hijo y luego hacerlo desistir para ponerlo a prueba, era objeto de reconocimiento por la comunidad. Hoy, tal persona, como las que decían escuchar a su creador, acabarían en un tratamiento psiquiátrico, rehabilitación o en el Ministerio Público por el trastorno y el claro intento de homicidio.
Las cosas han cambiado y lo seguirán haciendo con una mayor educación de la sociedad. Afortunadamente nos estamos desfanatizando y quizá llegará un momento en que tales dioses sean solamente un recuerdo y pasen a formar parte de los estantes en calidad de lo que han sido siempre: mitos infantiles.

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