César Peña *
¿Qué sería de nuestra vida si un día despertáramos sin recordar quiénes somos, a quiénes hemos amado, cuáles fueron nuestros sueños o qué experiencias nos llevaron hasta el lugar en el que nos encontramos? Quizá seguiríamos respirando, caminando y realizando nuestras actividades cotidianas, pero algo esencial habría desaparecido: la historia que nos permite reconocernos como nosotros mismos. Pero quizás no, considerando que cada noche al dormir, nos “resetearamos” y al amanecer nuestra memoria estuviera en blanco.
Los recuerdos son en realidad lo que nos indica que hicimos ayer, antier, quienes somos, lo que hicimos, lo que construímos, que tenemos familia, amigos, un pasado y que estamos vinculados con los animales, la tierra y todo lo que nos rodea. En pocas palabras lo que le da sentido a nuestra existencia ya que sin ella, cada día seríamos seres nuevos colocados en un lugar en el que no sabríamos ni quienes somos.
Son mucho más que imágenes del pasado almacenadas en algún rincón del cerebro. Son fragmentos de nuestra existencia que, al reunirse, construyen una narración personal. En ellos habitan la infancia, los afectos, las pérdidas, los descubrimientos, los errores y las pequeñas alegrías que, sin advertirlo, terminan por darle sentido a nuestra vida.
Desde la neurociencia, la memoria es un conjunto de procesos mediante los cuales el cerebro codifica, almacena y recupera información. No existe un único lugar donde se guarden todos nuestros recuerdos. Diferentes regiones cerebrales participan en esta tarea, y el hipocampo desempeña un papel fundamental en la formación de muchos recuerdos de acontecimientos personales. Las emociones, por su parte, influyen en aquello que recordamos y en la intensidad con que lo hacemos.
Sin embargo, la memoria no funciona como una cámara fotográfica que registra fielmente cada instante. Recordar significa reconstruir. Cada vez que evocamos una experiencia, nuestro cerebro recupera fragmentos de información y los integra con nuestros conocimientos, emociones y circunstancias presentes. Por eso, dos personas pueden recordar de manera diferente un mismo acontecimiento, e incluso nosotros mismos podemos interpretar de otra forma una experiencia conforme pasan los años.
Esta característica, lejos de restarle valor a los recuerdos, revela algo extraordinario: nuestra relación con el pasado permanece viva. Una canción puede devolvernos a un amor que creíamos olvidado; el olor de una comida puede transportarnos a la cocina de nuestra infancia; una fotografía puede hacernos sentir, por unos segundos, la presencia de alguien que ya no está. El pasado no regresa físicamente, pero adquiere una nueva existencia dentro de nosotros.
Los recuerdos también participan en la construcción de nuestra identidad. Cuando contamos nuestra historia, seleccionamos acontecimientos que consideramos importantes y los relacionamos para comprender cómo llegamos a ser quienes somos. Recordar una dificultad superada puede fortalecer nuestra confianza; evocar un error puede ayudarnos a tomar mejores decisiones; recuperar un momento de felicidad puede ofrecernos consuelo durante una etapa difícil. La memoria, en ese sentido, no solamente mira hacia atrás: también interviene en la manera en que imaginamos y planeamos el futuro.
La memoria como almacén de recuerdos, es la base de la conducta animal y la humana al crear mapas de comportamiento via el aprendizaje, generando además de un pasado, un presente y con ello, emociones y reacciones, por lo tanto, sirven para moldear a los individuos y la sociedad al dar contexto personal y social referenciado.
Pero no todos los recuerdos producen bienestar. Algunos están ligados al dolor, al abandono, a la violencia o a la pérdida de personas amadas. Hay experiencias que preferiríamos borrar y otras que regresan involuntariamente, incluso cuando intentamos dejarlas atrás. La memoria puede convertirse en refugio, pero también en una carga. Aprender a relacionarnos con nuestro pasado implica reconocer que lo ocurrido forma parte de nuestra historia, sin permitir que determine por completo nuestro presente.
Quizá una de las funciones más importantes de los recuerdos sea mantener vivos nuestros vínculos afectivos. Recordamos a quienes nos enseñaron a caminar, a quienes nos tendieron la mano cuando creíamos haber perdido el rumbo y a quienes compartieron con nosotros momentos que parecían insignificantes, pero que con el tiempo adquirieron un valor incalculable. Cuando alguien muere, sus palabras, sus gestos y las experiencias compartidas pueden continuar formando parte de nuestra vida. No significa que la persona permanezca físicamente entre nosotros, sino que la relación dejó una huella que sigue influyendo en nuestra manera de sentir, pensar y actuar.
También por eso las fotografías, las cartas, los diarios y las conversaciones familiares poseen un significado especial. Son puentes entre el presente y aquello que el tiempo amenaza con desdibujar. Nos permiten compartir experiencias con otras generaciones y descubrir que nuestra existencia no está aislada, sino entretejida con las historias de otras personas. La memoria individual se encuentra así con la memoria colectiva: recordamos nuestra vida, pero también el mundo que nos precedió y las experiencias que compartimos como sociedad.
Tal vez por eso el verdadero desafío no sea acumular recuerdos, sino aprender a vivir de tal manera que nuestra historia tenga significado para nosotros y para quienes nos rodean. No podemos controlar todos los acontecimientos que marcarán nuestra existencia, pero sí podemos procurar que nuestras acciones, nuestros afectos y nuestras decisiones construyan experiencias dignas de ser recordadas.
Porque quizá el sentido de la vida no se encuentre únicamente en lo que conseguimos, en los lugares que visitamos o en los años que alcanzamos a vivir. Tal vez también resida en aquello que permanece cuando los días han pasado: el amor que dimos, las personas que nos transformaron, las lecciones que aprendimos y los instantes que, por alguna razón, decidimos conservar.
Somos, en buena medida, producto de nuestros encuentros, nuestras decisiones y nuestros afectos. Y mientras los recuerdos sigan ayudándonos a comprender quiénes fuimos, a reconocer quiénes somos y a imaginar quiénes podemos llegar a ser, el pasado no será solamente un territorio perdido, sino una parte viva de nuestra existencia.
- Escritor, periodista, economista y divulgador de la ciencia.
