Referirse a Macario es hablar del Día de Muertos en México. Ninguna otra obra cinematográfica ha logrado capturar y transmitir esa relación con la muerte como lo hizo Roberto Gavaldón en su película de 1960, cuyo guion escribió junto al dramaturgo Emilio Carballido, a partir del relato titulado Der dritte Gast (El tercer invitado) de B. Traven, publicado en lengua alemana en 1950.
Es necesario señalar que la adaptación cinematográfica transforma el contexto de la narración literaria. Traven retoma una tradición de cuentos populares sobre el encuentro del hombre con la muerte, entre ellos La muerte madrina, recopilado por los hermanos Grimm. En su relato, el Día de los Fieles Difuntos apenas se menciona en un renglón.
Gavaldón y Carballido, en cambio, conceden a la festividad una presencia decisiva. La película comienza con un texto explicativo sobre la celebración y sus raíces ancestrales. Desde ahí, las imágenes nos conducen a un mundo en el que las ofrendas, las creencias y el hambre conviven: los muertos reciben los alimentos que algunos vivos no pueden llevarse a la boca.
El valor cinematográfico y cultural de este filme es extraordinario. Presentado en la decimotercera edición del Festival de Cannes, en 1960, obtuvo importantes reconocimientos internacionales, entre ellos el Golden Gate al mejor actor para Ignacio López Tarso, en el Festival Internacional de Cine de San Francisco. En 1961, durante la ceremonia número 33 de los premios de la Academia, se convirtió en la primera película mexicana nominada al Óscar a la mejor película en lengua extranjera.
Con los años, Macario se ha consolidado como la estampa cinematográfica por excelencia de nuestro Día de Muertos. Desde las primeras imágenes aparecen elementos que evocan el sincretismo de la celebración. Un conjunto de cráneos recuerda al tzompantli prehispánico, estructura en la que se exhibían los cráneos de personas sacrificadas. La semejanza visual reúne, en una misma imagen, distintas formas de representar la muerte.
Todo adquiere fuerza bajo la mirada de Gabriel Figueroa. Su fotografía alcanza uno de los momentos más memorables del cine hispanoamericano en la gruta iluminada por incontables velas, donde la Muerte, interpretada por Enrique Lucero, dialoga con Macario, encarnado por López Tarso. Cada llama corresponde a una vida; su fragilidad vuelve visible lo que ninguno de los dos puede cambiar.
La película tiene la fuerza del realismo mágico. Al escribir sobre ella, me resulta inevitable pensar en El séptimo sello, de Ingmar Bergman, estrenada tres años antes, en 1957. Ambas exploran la relación de un hombre con la muerte humanizada y profundizan en preguntas metafísicas. En una, el encuentro toma la forma de una partida de ajedrez; en la otra, la de un guajolote anhelado y compartido.
Aunque el Día de Muertos impregna sus imágenes, el conflicto de Macario nace del hambre, del deseo y de la imposibilidad de eludir la muerte. La festividad da sentido cultural a esa tragedia. La sitúa en un mundo de creencias donde conviven la herencia prehispánica y la religiosidad novohispana, reconocibles todavía en distintas expresiones del México presente.
El país ha adoptado a Macario como una imagen compartida del Día de Muertos. Sin embargo, la película ofrece una versión particular y estilizada de esa relación con la muerte. Su reconocimiento nacional no significa que todas las comunidades encuentren en ella sus propios rituales. Las maneras de recordar, recibir y despedir a los difuntos son múltiples, como lo son las culturas que habitan México.
Basta escuchar al fabricante de velas cuando le dice a Macario: “Hay que tener más consideraciones con los muertos, porque pasamos mucho más tiempo muertos que vivos… Total, en esta vida todos nacemos para morirnos, cuando nacemos ya traemos nuestra muerte escondida en el hígado o en el estómago o acá en el corazón que algún día va a parar… también puede estar fuera, sentada en un árbol que todavía no crece, pero que te va a caer encima cuando seas viejo”.
Estas palabras del cerero reúnen algunas de las creencias que dan sentido al Día de Muertos: la consideración hacia quienes han fallecido y su presencia entre los vivos. Macario dio forma cinematográfica a ese vínculo mediante imágenes y diálogos que permanecen en nuestra memoria. Por eso, aunque su historia va más allá de la festividad, volver a ella cada noviembre se ha convertido también en una manera de celebrarla.
