Opinión
Mente abierta
César Peña *
Un oceánico prejuicio se le quiere colgar a la ciencia desde su perspectiva más irracional: que es inmutable y ciega, cerrada a los instintos primarios como la intuición y que siente un gran desdén por los principios de la fe o la espiritualidad, careciendo de todo sentimiento de humanidad.
Aunque esas afirmaciones engloban un cúmulo de estigmatizaciones más, el hecho es que se quiere presentar a la ciencia como un enemigo del llamado sentido común y de la fe, cuando en realidad la ciencia es un avance, la evolución del pensamiento empírico, en una fase avanzada y no por ello superior, porque si algo debe tener la ciencia en todo momento, es humildad.
Y tal humildad nace en el momento que debe reconocer que no lo sabe todo y que por ende, hay muchas cosas y terrenos aún sin explorar y sin explicar. La soberbia no cabe en un espíritu investigador que primero que nada, está obligado a probar a través del método científico, cada una de sus ideas o hipótesis. Por lo tanto, a la certeza se llega sólo a través de la comprobación y ningún otro.
Sin embargo, el método de la ciencia, enseña que es una obligación tener la mente abierta, es decir, no casarse con ninguna idea prediseñada ni preconcebida que nos pueda desviar del objeto de estudio. Estar abierto a cualquier otra posibilidad es parte de la misma ciencia. No es posible decirse científico y explorar conocimientos nuevos si nos saboteamos nosotros mismos poniéndonos límites mentales.
Es así como por ejemplo, Michiu Kaku, el físico continuador del legado de Einstein, es descalificado por creer en la vida extraterrestre porque algunos científicos aducen en su mente cerrada que una creencia así no es factible ni compatible con la ciencia “seria” y por ello, de un plumazo, pasó de una eminencia a un charlatán.
Por el contrario, la verdadera ciencia no está cerrada a ninguna posibilidad mientras exista evidencia; cuando lo hacemos, somos dogmáticos y anticientíficos y estamos actuando contra la misma razón y búsqueda de la verdad, lo que nos lleva al siguiente corolario: las verdades en algunos campos son temporales hasta que son desplazados por el nuevo conocimiento.
Tomemos un segmento burdo de la historia humana: antes de que los hermanos Wright experimentaran con los primeros aeroplanos, por siglos el hombre creyó que volar era una utopía propia de descocados, ya ni pensar siquiera en vuelos espaciales como los imaginados por Verne, por lo tanto, era un privilegio exclusivo de las aves.
Cuando por primera vez se despegó el hombre del suelo, rompió ese primer paradigma para décadas después salir de la atmósfera e iniciar la conquista del espacio que se veía igualmente inalcanzable. Cada “verdad” temporal fue tumbada a punta de la investigación y los logros de aventureros hombres que rompieron los moldes mentales y jamás dejaron de soñar.
Un científico es sobre todo, un soñador, un explorador avieso con la misma curiosidad de un niño pero con herramientas que cada campo científico le ha dejado para seguir avanzando, que junto con las nuevas y la tecnología, emprende una aventura única que avanza dirigiendo a la humanidad.
En materia de fe, la ciencia no tiene más enemigos que aquellos que la censuran y la impiden, pero no hay consigna contra tal o cual ser mitológico o Dios. Si algún día apareciera un ser de ese tipo con la evidencia suficiente, la ciencia no tendría problema en reconocerlo, mientras tanto, todo cae en el terreno de la especulación y los amigos imaginarios.
La ciencia es, como dijo Bakunin, la linterna que nos ilumina el camino en la oscura noche.
- Escritor, periodista, economista y divulgador de la ciencia.






