Paradigma

Monasterios femeninos novohispanos

Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz. Óleo sobre tela de Miguel Cabrera. 1750.

La mayoría de los mexicanos han escuchado hablar de Sor Juana Inés de la Cruz, célebre escritora de la Nueva España de origen vasco, quien fue una de las máximas exponentes del Siglo de Oro español, en este lado del Atlántico. Sin embargo, pocos suelen observar que en realidad se trató de una mujer que pudo vivir en una época en la que, por la vía religiosa, se les permitió estudiar a un sector de las mujeres que habitaron la Nueva España. Estos espacios fueron los monasterios femeninos, que al inicio del siglo XVII ya había fundados cerca de 19 conventos en las ciudades de México, Puebla, Valladolid (Morelia), Guadalajara, Antequera (Oaxaca), y Mérida, y al que siguieron muchos otros, que para inicios de 1700 ya sumaban 34 instituciones. Durante estos primeros pasos, muchas de las primeras mujeres que ingresaron a estos conventos eran parientes de hombres que ya ejercían algún tipo de cargo eclesiástico, pero con el tiempo, cuando la sociedad vio cómo eran educadas, también quiso enviar a sus propias hijas, hermanas, tías o sobrinas a estudiar a esos lugares. Llegaron a haber, de hecho, muchos conventos de renombre, como el de Santa Inés, el de la Santísima Trinidad, o el de San Jerónimo, lugar en el que estudio Sor Juana Inés. La mayoría de estos conventos o monasterios para mujeres estaban financiados por hombres acaudalados como los comerciantes, o de hombres que pertenecían a élites familiares.

A pesar de que las mujeres lograron entrar a una institución en donde tenían la certeza de protección y educación, las brechas inmediatamente se hicieron notar. La mayoría de esas mujeres provenían de familias también acaudaladas y muy escasamente, provenían de sectores marginados. De hecho, hubo pocos conventos encargados de educar a mujeres huérfanas. Desde luego tenían que existir algunas condiciones para que una mujer pudiera ingresar a un convento, algunas de estas eran: que estuviera bautizada, que respondiera a un interrogatorio, diera a conocer la identidad de sus ascendientes, y que se demostrara virtud y limpieza de sangre. También, era preciso que su deseo de ingresar fuera voluntario, pagar la dote para costear su manutención y tener quince años. Ese “noviciado” duraba un año, en promedio, tiempo que le parecía suficiente a las autoridades para que las mujeres conocieran las reglas de la orden y se familiarizaran con la rutina. Conforme transcurrió el tiempo, los conventos, monasterios y noviciados se fueron abriendo para sectores menos favorecidos, aunque fuera en menor medida.

Hubo mujeres que ingresaron a las instituciones y no cumplían casi ningún requisito, pero fueron mozas, esclavas, sirvientas, personal para mantener la institución de pie, por lo que las mismas monjas terminaron por adoptarlas y educarlas. Por lo tanto, en los conventos de mujeres también vivieron españolas pobres, criollas, mestizas, negras y otras mujeres de diversa índole. La propia dinámica y el éxito de esta vía de escape para muchas mujeres, introdujo la idea de que las monjas podían cuidar y educar niñas, y así lo hicieron. La presencia de niñas, es decir, mujeres menores de quince años no fue algo tan extraño. El convento de Corpus Christi, el colegio de Jesús María o el de las clarisas de Querétaro, albergaron a niñas de todas las edades, excepto tal vez, infantes. Fue en ese contexto en el que creció Sor Juana Inés de la Cruz, aunque de ninguna forma queremos quitarle el mérito porque al salir del noviciado, siguió estudiando por su cuenta.

Lic. Carlos A. Carrillo Galicia

Licenciado en Historia de México y estudiante de la Maestría en Historia, ambas en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH). Actualmente ocupa el cargo de instructor de Historia, Filosofía y Literatura en el Centro de Educación Continua y a Distancia (CECyD-UAEH), así como la presidencia de la Asociación de Historiadores Egresados de la UAEH.

Facebook: @histcarlosgalicia                Correo: hist.carlos.a.c.g@gmail.com

Entrada 30. Monasterios femeninos novohispanos

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