Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos porque damos por hecha la respuesta: ¿en qué momento dejamos de convertirnos en quiénes somos? La mayoría cree que existe un punto en la vida en el que la personalidad queda definida, los sueños se estabilizan y la identidad deja de transformarse. Como si al llegar a cierta edad pudiéramos decir “ya soy así, ya no cambiaré”
La vida tiene una manera silenciosa de moldearnos, cada conversación importante, cada pérdida, cada logro, cada fracaso y cada persona que conocemos deja una huella, algunas son apenas perceptibles, otras cambian por completo nuestra forma de ver el mundo, de modo que sin darnos cuenta vamos reemplazando certezas por preguntas, hábitos por otros nuevos y prioridades que antes parecían inamovibles.
Lo curioso es que muchas veces nos resistimos al cambio, nos aferramos a la idea de ser la misma persona siempre, quizá porque cambiar nos obliga a reconocer que ya no pensamos igual, que ciertos sueños dejaron de tener sentido o que algunas relaciones cumplieron su ciclo; sin embargo, cambiar no significa perder nuestra esencia, significa permitir que esa esencia crezca.
También existe una presión social por mantener una imagen constante, se espera que seamos coherentes con las decisiones que tomamos hace años, aunque hoy tengamos más experiencia, más información y una perspectiva diferente.
Aceptar que cambiamos también implica aceptar que la vida no es una línea recta, habrá momentos en los que descubramos una nueva pasión, abandonemos hábitos viejos, miedos caducos o redefinamos lo que entendemos por felicidad y eso está bien, no somos la misma persona que hace cinco años ni seremos la misma dentro de otros cinco.
Tal vez el verdadero desafío no sea encontrar una versión definitiva de nosotros mismos, sino aprender a acompañar nuestras propias transformaciones por curiosidad y sin miedo, después de todo crecer significa permitirnos cambiar sin sentir que estamos traicionando a quien fuimos.
Al final de cuentas la identidad no es una fotografía; es una serie de muchas temporadas que sigue escribiéndose cada día y tal vez la mejor versión de nosotros mismos no sea la que ya conocemos, sino la que todavía estamos construyendo, pues evolucionar no es una contradicción, es una señal de aprendizaje y es continuo, chance y el verdadero crecimiento no consista en descubrir quiénes somos una sola vez, más bien consiste en tener el valor de volver a conocernos cada vez que la vida nos transforma.
