Paradigma

¿Qué estamos haciendo con la vida que compartimos como sociedad?

En un tiempo marcado por el cansancio social, pérdida de vínculos y la normalización de la indiferencia, hablar de pasión por la vida se vuelve una postura ética que interpela no solo a lo individual, sino a lo colectivo.

  Este tiempo que vivimos no permite miradas superficiales. Algo se ha ido fracturando en la vida cotidiana: los vínculos se debilitan, la escucha se vuelve escasa y la prisa termina por desplazar aquello que nos sostiene como comunidad. Hablamos de avances, innovación o progreso, pero muchas personas transitan la vida desde el agotamiento, soledad y una sensación persistente de vacío que no siempre se logra nombrar.

  No estamos frente a una crisis aislada. Lo que se manifiesta es una fisura más profunda que tiene dificultad para reconocernos responsables unos de otros. El individualismo, disfrazado de autosuficiencia, ha ganado terreno, y con él se ha normalizado la indiferencia. Cuando la persona se reduce a función, a rendimiento o al número, el tejido social se debilita, y la vida compartida pierde sentido.

  En este contexto, el autoconocimiento ha adquirido un lugar central. Sin embargo, vale la pena preguntarnos hacia dónde nos conduce. Conocerse no puede ser un ejercicio encerrado en lo personal; si no se traduce en conciencia, cuidado y compromiso con los demás, corre el riesgo de volverse una práctica cómoda, desligada de la realidad que nos atraviesa. La verdadera conciencia siempre abre hacia el otro.

  Hace poco leí un libro que me llevó a una revelación genuina sobre este punto. Pasión por la vida, de Miguel Jarquín, no evade el absurdo que atraviesa nuestra época, pero tampoco se instala en el pesimismo. Desde una mirada profundamente humana, plantea que creer en la vida no significa negar el dolor, la violencia o muchas veces la contradicción, sino asumirlos sin renunciar a la dignidad ni a la responsabilidad ética.

  Esa idea resulta especialmente pertinente hoy. Vivimos en una sociedad donde la deshumanización se ha vuelto cotidiana: donde normalizamos el sufrimiento ajeno, justificamos la violencia y se tolera la desigualdad como si fuera inevitable. Frente a ello, la pasión por la vida deja de ser un discurso emotivo y se convierte en una postura firme: elegir no acostumbrarse, no perder la sensibilidad, y la responsabilidad frente a la vida que compartimos .

  Fortalecer el tejido social no es tarea exclusiva de las instituciones ni de los grandes discursos. Comienza en lo cotidiano, en la manera en que escuchamos, el cómo ejercemos nuestro trabajo, en como acompañamos al otro y respondemos ante la injusticia. Cada gesto cuenta. Cada omisión también. La responsabilidad ética no se delega; se ejerce.

  He compartido momentos y lecturas con el autor que confirman una coherencia profunda entre pensamiento y vida. Su escritura, de una belleza sobria y poética, no idealiza la realidad ni promete soluciones inmediatas. Invita, más bien, a sostener una mirada consciente, capaz de amar y de cuidar incluso en medio del desgaste social.

  Creer en la vida, a pesar del absurdo que nos rodea, no es ingenuidad. Es una decisión diaria que exige presencia y compromiso. Es negarse a normalizar la indiferencia y sostener la dignidad humana como eje de la convivencia.

Porque al final, la pasión por la vida no se anuncia ni se declara: se sostiene. Se sostiene en decisiones pequeñas, gestos cotidianos, cuando elegimos no endurecernos cuando el cansancio social invita a hacerlo. Se manifiesta cuando seguimos cuidando, escuchando y apostando por el vínculo, incluso cuando nadie lo nota. Es en ese territorio silencioso donde la vida compartida encuentra su fuerza.

  Tal vez no podamos evitar el absurdo ni controlar el rumbo de este tiempo, pero sí podemos responderle. Y la forma en que lo hagamos con conciencia, amor y responsabilidad dirá mucho de quiénes somos así como de la sociedad que estamos construyendo. Elegir la vida, hoy, es un acto profundamente humano. Y quizá, también, la forma más honesta de esperanza.

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