Paradigma

Septiembre de Lynch y Terminator en los cines de México

En 1997 coincidieron en las pantallas dos películas radicalmente distintas: Lost Highway, de David Lynch, y Titanic, de James Cameron. La primera desarticulaba la identidad y la lógica narrativa; la segunda transformaba el espectáculo cinematográfico mediante una producción de escala monumental. Casi tres décadas después, los nombres de ambos directores vuelven a encontrarse en la cartelera mexicana.

Lynch y Cameron representan dos polos aparentemente opuestos de la creación cinematográfica. Uno construyó una obra personal, perturbadora y difícil de descifrar; el otro convirtió la innovación tecnológica en espectáculo para las grandes audiencias. Sin embargo, desde sus respectivos territorios, ambos modificaron la manera de concebir y experimentar el cine.

Resulta fascinante que, durante un verano dominado por producciones de gran peso comercial, las salas también ofrezcan alternativas para públicos con otros intereses. En este panorama, el certero tino de la nostalgia desempeña un papel importante, pero los reestrenos adquieren verdadero sentido cuando permiten que una película encuentre nuevos espectadores.

A principios de agosto, Cinépolis inició el ciclo “Los sueños de Lynch”, una retrospectiva que ha recuperado buena parte de la obra del cineasta estadounidense. Más que un recorrido destinado exclusivamente a sus seguidores, la selección representa una oportunidad para que nuevas generaciones conozcan en la pantalla grande una filmografía que continúa desafiando las convenciones narrativas.

Durante los primeros días de septiembre regresarán a las salas mexicanas Blue Velvet  (Terciopelo azul), estrenada en 1986, y Lost Highway (Por el lado oscuro del camino), de 1997. Ambas películas cierran el ciclo dedicado a un director que convirtió los sueños, el deseo, la violencia y la fragmentación de la identidad en materia cinematográfica.

No tiene demasiado sentido decidir cuál de las dos es mejor. Cada una representa un momento distinto dentro de la evolución artística de Lynch y ofrece una magnífica oportunidad para descubrir —o redescubrir— su universo en las condiciones para las que fue concebido: la oscuridad de una sala y una pantalla de grandes dimensiones.

En Blue Velvet, Lynch reelaboró los arquetipos del cine negro para mostrar la violencia y la perversión ocultas bajo la aparente tranquilidad de una comunidad estadounidense. Con un elenco encabezado por Isabella Rossellini, Kyle MacLachlan, Laura Dern y Dennis Hopper, construyó una sucesión de imágenes inquietantes que terminó por consolidarlo como uno de los grandes directores de culto del cine contemporáneo.

Once años después, Lost Highway mostró a un cineasta más maduro, pero igualmente fiel a su fascinación por el noir, los enigmas y las identidades quebradas. Protagonizada por Bill Pullman y Patricia Arquette, la película propone un viaje psicológico, hipnótico y profundamente inquietante. Es una de esas obras que difícilmente se agotan en una sola exhibición: su lógica no responde a las convenciones habituales, sino a las reglas particulares del universo de Lynch.

En aquel mismo 1997, James Cameron estrenó Titanic, la película que lo confirmó como uno de los grandes pilares industriales de Hollywood. Cameron ha hecho de cada proyecto una apuesta por la innovación tecnológica, el espectáculo y el impacto comercial. Sin duda, es uno de los mayores visionarios en la historia del cine de entretenimiento.

Esta vez, la película de Cameron que regresará a las salas será Terminator 2: Judgment Day (Terminator 2: El juicio final), con motivo del 35 aniversario de su estreno. Esta secuela de The Terminator (1984) demostró el potencial narrativo de los efectos digitales, fusionó eficazmente la acción con la ciencia ficción y estableció un modelo para las secuelas: ampliar el universo original, invertir los papeles de sus personajes y llevar el conflicto hacia nuevas dimensiones.

El próximo 17 de septiembre podremos verla nuevamente en una versión remasterizada a partir de una restauración en 4K. El T-800 representa la cumbre de Arnold Schwarzenegger como superestrella del cine de acción, mientras que el T-1000, interpretado por Robert Patrick, reinventó la imagen del villano cinematográfico mediante una combinación entonces extraordinaria de actuación y efectos digitales.

Pero, Terminator 2 no permanece únicamente por sus avances tecnológicos. Su vigencia también reside en las preguntas que formula sobre la inteligencia artificial, el poder destructivo de las máquinas y la responsabilidad humana frente al futuro. A 35 años de su estreno, continúa siendo una lección sobre cómo construir espectáculo sin renunciar a las ideas ni al desarrollo de los personajes.

Estos reestrenos no deben entenderse solamente como una alusión a la nostalgia. Lynch nos recuerda que el cine puede perturbar, desconcertar y obligarnos a mirar debajo de las superficies; Cameron demuestra que una producción industrial también debe innovar y plantear preguntas sobre su tiempo. Sus caminos son opuestos, pero llegan a un mismo lugar: la pantalla grande como espacio para asombrarnos. En septiembre no regresan únicamente tres películas; regresan dos formas de entender el cine y dos poderosas razones para ver cine en el cine.

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