Por Gustavo Rosales Rodríguez
El anuncio de un nuevo Director Técnico para la Selección Mexicana de Futbol marca el inicio de otro ciclo mundialista; un proceso que, si bien comparte la incertidumbre de sus predecesores, se reviste de tintes históricos ante la conmemoración del centenario de la Copa del Mundo en Uruguay. Nos encontramos en la antesala de una justa inédita en términos organizativos, con seis naciones como sedes de la máxima fiesta del balompié global. Frente a este escenario, la Federación Mexicana de Futbol (FMF) despliega su maquinaria de preparación, articulando esfuerzos en los ámbitos económico, social y deportivo —priorizados, de manera sintomática, en ese preciso orden—.
No obstante, tras el fervor desmedido que suele inundar la conversación pública bajo el amparo de narrativas optimistas y eslóganes mediáticos, emerge una interrogante ineludible: ¿hacia dónde nos dirigimos realmente? El arranque de todo proyecto deportivo en nuestro país suele estar marcado por el júbilo, la complacencia y los elogios mutuos. Sin embargo, la historia reciente demuestra que bastan unos cuantos meses y un par de resultados adversos para que la luna de miel termine, dando paso a los severos cuestionamientos sobre la capacidad del cuerpo técnico, el compromiso de los futbolistas y la gestión de los directivos y patrocinadores.
Hoy, la responsabilidad del banquillo recae en Rafael Márquez, el emblemático exdefensa central forjado en las fuerzas básicas del Atlas de Guadalajara. El ahora estratega asume el mando del “equipo de todos”, una escuadra que ofreció destellos de buen futbol en el reciente torneo internacional, pero que, lamentablemente, adoleció de la trascendencia competitiva que la afición legítimamente demandaba.
Cabe recordar que el exfutbolista del FC Barcelona se integró inicialmente a este proceso como auxiliar de Javier Aguirre, considerado por amplios sectores como el director técnico más laureado y experimentado que ha dado nuestro país. El bagaje del “Vasco” es innegable; sin embargo, la memoria colectiva no puede ser tan corta como para omitir la densa atmósfera de intereses y disputas políticas que perennemente asfixia al entorno del futbol nacional.
La pasarela de entrenadores en las últimas décadas es el vivo testimonio de una crisis estructural. Hemos sido testigos de dolorosos reveses deportivos y de decisiones institucionales difíciles de justificar ante el deporte más importante de México. Por ello, la duda persiste: ¿estamos verdaderamente ante el umbral de una nueva era, o ante la repetición sistemática de un guion predecible? Presentaciones grandilocuentes, anunciadas con bombo y platillo, cobijaron en su momento los proyectos de Diego Cocca, Jaime Lozano, Miguel Herrera, o los de estrategas de renombre internacional como Sven-Göran Eriksson y Gerardo “Tata” Martino. Los resultados de aquellos procesos ya pertenecen a la crónica del desencanto.
La afición mexicana se encuentra comprensiblemente cansada. Cansada de promesas cíclicas, de proyectos a corto plazo y de una inercia directiva que prioriza el negocio por encima del desarrollo deportivo. El beneficio de la duda le pertenece a Rafael Márquez, pero la estructura que lo rodea sigue arrastrando los mismos vicios de siempre. Solo el tiempo dictará si este ciclo representa una auténtica renovación o, simplemente, otra ilusión efímera en la historia de nuestro balompié.
