Paradigma

El precio de querer tenerlo todo…

Katia Mitzi Sánchez


No sé si por ejemplo la generación que nos antecede a los “Xenials” se preguntaban en sus tiempos mozos ¿cómo hago para tener todo: trabajo, familia, pareja, tiempo y libre y bienestar? Pero nosotros que crecimos entre lo clásico y los inicios de la tecnología, el desarrollo nos tomó en medio de nuestro ciclo de vida, eso generó que se fuera instalando una idea en nuestra manera de vivir: debemos poder con todo.
Tener un buen trabajo, construir una carrera, dedicar tiempo a la familia, cultivar una relación de pareja, conservar amistades, hacer ejercicio, comer saludable, viajar, aprender cosas nuevas y por supuesto cuidar nuestra salud mental y esto llevado a la práctica se ha convertido en una carrera interminable contra el reloj, contra las expectativas ajenas y sobre todo contra nosotros mismos.
Además de querer tenerlo todo, también queremos hacerlo bien, ser buenos profesionales, padres presentes, parejas comprensivas, amigos disponibles y personas emocionalmente equilibradas; y cuando sentimos que fallamos en alguna de esas áreas, aparece una compañera intermitente en la vida moderna: la culpa.
La época de la simplicidad quedó ya en esos años 80, en esta actualidad la productividad parece haberse extendido más allá del trabajo. No es suficiente ya con cumplir objetivos profesionales, sino que tenemos la excesiva idea de aprovechar cada minuto del día. Incluso el descanso parece necesitar una justificación, si vemos una película sentimos que podríamos estar leyendo, si pasamos una tarde sin hacer nada, pensamos en todo lo que dejamos pendiente y si dedicamos tiempo al trabajo, nos preocupa no estar suficientemente presentes para nuestra familia o pareja.
La pregunta que hay que responder no es si debemos trabajar o aspirar a crecer profesionalmente, es cuánto estamos dispuestos a entregar a cambio y si el precio que pagamos sigue teniendo sentido para nosotros.
Las relaciones importantes no se sostienen únicamente con buenas intenciones, necesitan presencia, escucha, paciencia y tiempo compartido, por tanto debemos buscar el equilibrio y entender que no se trata de estar disponibles todo el tiempo ni de idealizar una vida familiar sin dificultades, se trata de reconocer que la calidad de nuestros vínculos no depende exclusivamente de cuánto hacemos por lo demás, sino también de cómo estamos cuando compartimos con ellos.
En los últimos años, el bienestar ha ganado un lugar importante en la charla pública, hablamos de salud mental, meditación y madurez emocional. El bienestar pierde parte de su sentido cuando se convierte en una lista más de obligaciones que de disfrute y que genera más ansiedad de la que ayuda a aliviar, así que el autocuidado también consiste en reconocer nuestros límites sin convertirlos en motivos de vergüenza.
No todo lo que hacemos necesita producir un resultado, hay experiencias que tienen valor simplemente porque nos permiten estar presentes, descansar o disfrutar. Recuperar esa idea puede ser una forma de resistencia frente a una cultura que constantemente nos invita a hacer más.
Tal vez no podamos avanzar profesionalmente al ritmo que imaginábamos y estar presentes en cada momento familiar, tal vez necesitemos reducir compromisos sociales durante una temporada o aceptar que una rutina más austera es suficiente, tal vez hay etapas en las que descansar sea más importante que producir y todo esto no significa que nos conformamos con menos.
Por todo esto, hay que meter el freno de vez en vez y priorizar nuestra tranquilidad sobre cada expectativa impuesta de manera injusta por nosotros mismos.

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