Opinión
Que hay que regalar en el dia del amor y la amistad, solo ¿regalos?

Cada 14 de febrero repetimos un rito que parece moderno pero es antiguo: regalar para decir lo que no siempre sabemos nombrar. Mucho antes de las vitrinas rojas y los descuentos con forma de corazón, ya se intercambiaban objetos como prueba de vínculo. En la Roma clásica se ofrecían amuletos; en la Edad Media, poemas manuscritos; en el siglo XIX, flores que funcionaban como un lenguaje secreto. El regalo siempre ha sido un intermediario entre el afecto y el miedo a expresarlo. Hoy, bajo la lógica del consumo, la tradición persiste, pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué se regala cuando el amor no quiere convertirse en mercancía?
Regalar nunca ha sido un acto inocente. Marcel Mauss lo explicó hace un siglo: todo regalo crea un lazo, una deuda simbólica, una promesa de reciprocidad. Por eso el regalo verdadero no es el más caro, sino el más pensado. En ese sentido, el Día del Amor y la Amistad es una jornada de filosofía aplicada. Regala tiempo, que en una sociedad acelerada equivale a renunciar al poder de estar en otra parte. Regala atención, memoria, presencia: bienes que no cotizan en bolsa, pero sostienen vínculos. Regala silencios compartidos y palabras necesarias, no adornadas, no publicitarias, sino útiles para seguir juntos.
Regala cuidado, que históricamente ha sido invisibilizado porque no luce, pero sin el cual ningún amor sobrevive. Regala verdad, incluso cuando no coincide con la versión romántica del relato. Regala perdón demostrado en actos y no en discursos, porque las promesas vacías también tienen historia. Regala risa que aliviana y no humilla, y libertad ofrecida sin condiciones, aun sabiendo que amar siempre implica el riesgo de no ser elegido. En tiempos donde el amor se mide en likes y confirmaciones constantes, regalar libertad es un gesto radical.
Y si se insiste en algo tangible, que sea algo que pueda gastarse: una experiencia, un trayecto compartido, una comida que desaparece mientras ocurre. A lo largo de la historia, lo efímero ha sido más fiel al amor que lo eterno. El amor no fue pensado para conservarse intacto, sino para vivirse. Por eso este día no debería servir para demostrar perfección, sino intención. No para cumplir con la fecha, sino para recordar —a pesar del calendario, del mercado y del cansancio— que el otro todavía importa.






