Opinión
¿Cómo cambia la identidad a partir de los 40?
Antes del inicio de este siglo, la idea que se tenía sobre cumplir 40 años era verdaderamente pensar en el declive y así nuestra generación antecesora vivió creyendo que lo que no lograron construir antes de los 30 ya sería imposible de alcanzar, y hablo tanto de cambios en paradigmas como específicamente en logros personales, se pensaba que cruzar los 40 era una especie de antesala donde la juventud se despide y todo lo demás empieza a encogerse: los sueños, la energía, las posibilidades, las ganas de sobre salir y triunfar, y se mal llamaba la “crisis de los 40”.
Por fortuna algo que sí ha convenido a los cambios presentados sobre todo en la última década es la explosión de información respecto de cómo definió nuestra personalidad las vivencias de la infancia, con esto muchas personas de la generación X que han buscado este re encuentro y sanación lejos de seguir pensando como en antaño; nos hemos re construido de tal manera que ahora ya elegimos vivir esa disrupción de pensamiento y sobre todo de actos que sí empoderan, que encajan, que sí funcionan y que sí modifican nuestra versión, transformándola en una mucho mejor.
Así aunque entendemos que el tiempo no pide permiso y empieza a hacer su trabajo, con éste llegan también preguntas que incomodan tales como:
¿Esto realmente me gusta?
Esta vida, ¿la elegí o la heredé?
¿Estoy donde quiero estar o donde aprendí a quedarme?
Esto en muchos sentidos es el inicio a una claridad que ya no dejamos ni queremos aplazar, a los 40 comienza una especie de negociación interna, derrumbamos certezas que parecían inamovibles y al mismo tiempo aparece algo más sólido: el deseo propio, no el que se adapta, no el que complace, sino el que insiste. Es cuando se redefine el éxito – ya no basta con acumular, ahora importa cómo se vive – Se establecen límites que antes parecían imposibles como decir que no sin culpa, alejarse, cambiar de rumbo, se ha vuelto más urgente cuidar la paz mental que incluso mantenernos cerca de quienes nos la roban, así sea familia.
Y en medio de todo esto ocurre algo que años atrás parecía impensable: gustar a todo el mundo; ahora a los 40 muchos descubren que ser fiel a uno mismo pesa más que ser aprobado por los demás. Hemos cambiado también la manera de llevar y sostener las relaciones (amorosas, familiares, amistosas) nos hemos vuelto más selectivos, se pierde la paciencia para lo superficial y se gana sensibilidad para lo auténtico.
Ahora cumplir 40 no es igual a perder la juventud, es perder el miedo… ahora se gana algo mucho más valioso: la posibilidad de vivir de una manera más honesta, más propia, más libre. Porque si antes la pregunta era ¿qué esperan de mí? Ahora por fin es ¿qué quiero para mí?
Y tal vez esa sea la verdadera segunda juventud; la que no busca volver atrás, sino empezar por primera vez desde uno mismo y lograr transmitir de manera asertiva esta libertad a la siguiente generación.




