Opinión
¿Trabajar para vivir o vivir para trabajar?
Haciendo una reflexión sobre el mundo empresarial actual y recordando cómo era al inicio de este siglo, me doy cuenta a veces con espanto y a veces con nostalgia la enorme y marcada diferencia que hay en un período de un cuarto de siglo, pues en los tiempos que vivimos muchas veces al término de la jornada laboral cuando cancelamos una comida familiar por una reunión de última hora o cuando respondemos un correo a las diez de la noche surge la pregunta: ¿estoy trabajando para vivir o he empezado a vivir para trabajar?
Por décadas nos enseñaron que el fin de cada ser humano era alcanzar el éxito a través de la infalible fórmula: estudiar, conseguir un buen empleo, trabajar duro y ascender, que mientras más horas dediquemos al trabajo, más cerca estaremos de la realización personal; por tanto el esfuerzo era una virtud y el descanso un lujo y a veces una prohibición.
Entonces llegó la pandemia y algo cambió, obligó a millones de personas a detenerse y mirar su rutina desde otra perspectiva. Muchos descubrieron que habían convertido el trabajo en el eje de su identidad, dejaron de preguntarse quiénes eran fuera de su profesión y de si realmente lo que hacían les dejaba la satisfacción que supone se adquiere con el paso de los años.
Vivimos en una cultura que celebra estar ocupados 24/7, decimos con orgullo que no tenemos tiempo para nada, como si el agotamiento fuera una medalla al mérito, así entonces se ha vuelto tan normal contestar mensajes y llamadas fuera del horario laboral, trabajar durante las vacaciones o sacrificar fines de semana, de tal manera que al momento de poner límites parecemos menos comprometidos.
Así el costo de esta “productividad constante” rara vez aparece en el curriculum, ahora en las entrevistas de trabajo ya no preguntan cuáles son tus pasiones, qué te llena en la vida, siquiera cuántas personas conforman tu familia, todo es resultados y productividad y esto claro se refleja en el estrés, en el descuido a relaciones, en insomnio, en los cumpleaños perdidos y en la sensación de que los años pasan cada vez más rápido.
Con esto no quiero dar a entender que el trabajo sea el enemigo, trabajar dignifica, permite crecer, construir proyectos y alcanzar metas, el problema surge cuando deja de ser una parte importante de nuestra vida para convertirse en toda nuestra vida. Quizá la verdadera pregunta no sea cuántas horas trabajamos, sino qué estamos dejando de vivir en los horarios extendidos.
El equilibrio perfecto seguramente no existe pues se entiende que habrá temporadas que exijan más esfuerzo y tiempo y otras que permitan bajar el ritmo, aquí lo importante es no perderse en la profesión y entender que es solo parte de nuestra historia, no la historia completa y que determinará en mucho nuestra real felicidad el recordar no el correo enviado a destiempo sino los viajes que hicimos, los abrazos compartidos, los libros que leímos y las personas con las que decidimos pasar nuestro tiempo.
El trabajo es el medio para construir una buena vida, no el lugar donde la vida se queda esperando, tal vez valga la pena de vez en cuando hacernos la pregunta: ¿si mañana dejara de trabajar, seguiría sabiendo quién soy?
Hay que recordar que descansar también es productivo y así podemos entender la respuesta que más que cualquier ascenso o reconocimiento puede decirnos si estamos trabajando para vivir o viviendo únicamente para trabajar.




