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Hernán Cortés y el catolicismo

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Hernán Cortés, grabado por William Holl, 1830.

Auténticos ríos de tinta se han derramado en torno a la figura egregia del conquistador español Hernán Cortés, quien, como todos sabemos, fue uno de los personajes principales en la trama de la caída del gobierno de Tenochtitlán. De especial relevancia en los discursos políticos, se le ha endilgado, no falsamente, que respaldó u ordenó la masacre de Cholula, cuando su pequeño contingente de hombres acompañó a los tlaxcaltecas para dar muerte a la población y a la nobleza cholulteca. Sobre esto, autores como el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma han dicho que en verdad muchas de estas guerras fueron guerras intestinas, propias de las sociedades mesoamericanas de su tiempo. El resultado es que a Cortés se le recuerda como un mítico y feroz conquistador al que le gustaba, falsamente, decapitar indios mientras montaba a caballo. Posiblemente esos relatos se encuentren lejos de la realidad. Sin embargo, seria irresponsable aseverar que eso fue todo lo que hizo durante los tiempos de la Nueva España, pues, de hecho, buena parte de su vida no giraba en torno a las conquistas.

Cortés fue, ante todo, un hombre de fe, férreo practicamente del catolicismo. Por gracia del destino, si se quiere ver así, Hernán Cortés llegó junto a otros 500 hombres que hacían de su pequeño ejército, el 21 de abril de 1519 a lo que hoy es el puerto de Veracruz, era jueves santo, y al desembarcar la mañana siguiente, según los virtuosos pintores románticos, lo primero que hizo fue arrodillarse frente a una cruz improvisada de madera empotrada en la arena. De lo que sí hay evidencia, como escribió el historiador francés Robert Ricard, es que Cortés, a pesar de sus grandes ambiciones y sus pocos escrúpulos, fue un ferviente creyente a todas horas. Por eso siempre llevó consigo una imagen de la Virgen María, de quien fue devoto durante toda su vida. No era raro, tampoco, ver a Cortés asistir a las misas al aire libre ni escucharlo rezar sus oraciones.

No en pocas ocasiones Hernán Cortés no solo fue un conquistador de tierras, sino también de almas, pues asumió su papel de avanzada para comenzar los encargos que el mismo Rey y el Papa le habían encomendado, que era expulsar las idolatrías del Nuevo Mundo. Por esa misma razón Cortés siempre fue severo con los blasfemos y los paganos. Si de algo se le puede acusar al conqusitador español, nunca debería ser de no haber hecho lo necesario, aún sin un método apropiado, para imponer entre las sociedades la fe cristiana. Fue gracias a su convicción en la religión que tuvo el valor de escribirle al rey para solicitar su ayuda en la misión espiritual que él mismo junto a los suyos llevaban a cabo. En su cuarta carta de relación, se puede leer con toda claridad que solicita el envío de religiosos de buena vida para que pudieran enseñar a los indios la fe cristiana.

Pedía que vinieran cuanto antes, y que se quedaran para siempre en conventos y monasterios, que construyeran iglesias, y que ayudaran como sabían hacerlo a convertir a las almas. No tuvo que esperar tanto, pues hubo otros reconocidos hombres que solicitaron lo mismo, y a eso se debe la llegada de las órdenes de los franciscanos, agustinos y dominicos, quienes en su labor evangelizadora, se aventuraron a territorios indómitos hacia las fronteras norte y sur. No obstante, la fe de Cortés muchas veces lo llevó a realizar acciones que entre los mismos religiosos parecían distinguidas, y tal como él lo explicó en sus cartas, le preocupaba mucho que los indios, al no tener una formación espiritual como la suya, pudieran hacerle algo a las cruces de madera que les dejaba por donde él iba. Ante todo, Cortés fue un hijo de su tiempo, como decía Marc Bloch, y no debe ser juzgado con los ojos y los pensamientos del presente.

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