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Opinión

Cuando desaparece el terciopelo

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¨Lo que el rechazo nunca pudo quitar y el amor terminó revelando¨

   Hay preguntas que llegan demasiado tarde. No porque aparezcan al final de la vida, sino porque pasamos demasiados años ocupados respondiendo otras que parecían más urgentes. ¿Cómo agradar? ¿Cómo pertenecer? ¿Cómo evitar el rechazo? Mientras intentábamos responderlas, dejamos de formular la única que realmente importaba: ¿quién soy cuando nadie espera nada de mí?

   Pocas pérdidas son tan silenciosas como dejar de habitarnos. No ocurre en un instante ni responde a una decisión consciente. Es un proceso casi imperceptible. Comienza cuando descubrimos que algunas partes de nosotros despiertan aprobación y otras provocan distancia. Entonces aprendemos a sonreír cuando queremos llorar, a callar lo que pensamos, a ocultar aquello que nos vuelve vulnerables y a construir una versión aceptable de nosotros mismos.

Sin advertirlo, comenzamos a cuidar un delicado terciopelo.

   No es una tela. Es la imagen que mostramos al mundo. La apariencia de fortaleza, la necesidad de parecer suficientes, la versión correcta de quienes creemos que debemos ser para conservar un lugar en la mirada de los demás. Pasamos tanto tiempo protegiendo esa superficie que olvidamos preguntarnos qué permanece debajo de ella.

   Tal vez por eso existen personas que parecen tenerlo todo y, sin embargo, viven profundamente cansadas. No están agotadas por el trabajo. Están exhaustas de sostener un personaje. Byung-Chul Han advierte que una de las formas de violencia más características de nuestro tiempo es aquella que dirigimos contra nosotros mismos. Nos convertimos en jueces permanentes de nuestra propia existencia. Nos evaluamos, corregimos,  exigimos y  comparamos sin descanso, convencidos de que siempre falta algo para merecer reconocimiento.

  Lo paradójico es que, mientras más protegemos esa imagen, más nos alejamos de nuestra verdad. La vida, sin embargo, tiene otra lógica, no pregunta cuántas veces fuimos admirados, más bien pregunta cuántas veces fuimos capaces de amar.

Y el amor posee una extraña costumbre: desgasta el terciopelo.

  Los abrazos dejan huellas, las despedidas modifican la mirada, el tiempo borra aquello que parecía perfecto y comienza a revelar las costuras. Al principio intentamos esconderlas. Creemos que hablan de debilidad. Después comprendemos que son la evidencia de haber vivido.

  Existe una antigua historia sobre un pequeño conejo de terciopelo que soñaba con convertirse en real. Al principio estaba convencido de que lo importante era conservar intacta su apariencia. Solo con el paso del tiempo descubrió que eran precisamente los abrazos, el uso cotidiano, las noches compartidas y el amor recibido los que iban transformándolo. Mientras perdía el brillo, encontraba algo mucho más valioso: una identidad que ya no dependía de cómo era visto, sino de la profundidad con la que había sido amado.

  Quizá esa historia nunca habló de un conejo creo que siempre habló de nosotros. También nosotros pasamos años intentando conservar intacto el terciopelo. Tememos que alguien descubra nuestras costuras porque creemos que allí termina nuestro valor. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario, las personas que verdaderamente dejan huella en nuestra vida nunca permanecen por nuestra perfección, permanecen porque conocieron nuestras heridas y decidieron no marcharse.

  Martin Buber afirmaba que el ser humano solo llega a ser plenamente en el encuentro con un “tú”. No se refería a cualquier relación, sino a aquella en la que dejamos de representar un papel y nos atrevemos a existir sin disfraces. Ser encontrado por alguien que no intenta convertirnos en otra persona cambia profundamente la manera en que nos comprendemos. Descubrimos que el amor auténtico nunca pidió perfección; pidió presencia.

  Desde una mirada fenomenológica, no habitamos únicamente los acontecimientos. Habitamos el significado que construimos alrededor de ellos. El rechazo duele, pero rara vez destruye por sí mismo. Lo que verdaderamente nos rompe es la interpretación que hacemos de esa experiencia. Cuando una herida se convierte en identidad, dejamos de decir “fui rechazado” y comenzamos a creer “no soy digno de ser amado”. Ahí comienza el verdadero exilio.

  La hermenéutica nos recuerda que ninguna historia posee una interpretación definitiva. Cada experiencia puede ser comprendida de una manera distinta. Cada pérdida puede abrir una posibilidad inesperada. Cada cicatriz puede dejar de ser un recordatorio del dolor para convertirse en memoria de la transformación. No cambia el pasado; cambia la manera de habitarlo.

  James Hollis sostiene que una de las tareas más importantes de la madurez consiste en abandonar la vida que construimos para satisfacer expectativas ajenas y atrevernos a vivir aquella que responde a nuestra verdad. Ese regreso nunca es cómodo. Implica despedirse de personajes que durante años nos protegieron. Implica aceptar que no todos comprenderán nuestro cambio. Pero también significa recuperar algo que habíamos perdido sin darnos cuenta: la serenidad de pertenecernos.

Quizá esa sea la pregunta que atraviesa toda existencia.

  No quién nos rechazó, no quién nos aplaudió, sino en qué momento dejamos de creer que ya éramos suficientes. Porque el mayor rechazo no siempre proviene de los demás, a veces comienza el día en que dejamos de escucharnos para convertirnos en aquello que esperaban de nosotros.

El tiempo terminará haciendo lo que siempre hace.

  Desgastará el terciopelo, borrará las apariencias o dejará visibles las costuras. Y entonces ya no importará cuántos reconocimientos acumulamos, cuántas máscaras supimos sostener o cuántas veces conseguimos parecer invulnerables, solo permanecerá aquello que ninguna pérdida puede destruir.

  La verdad de una vida que tuvo el valor de dejar de aparentar para comenzar, por fin, a ser. Entonces, el amor nunca estuvo buscando un terciopelo perfecto, siempre estuvo esperando encontrar a alguien suficientemente libre para mostrarse real.

Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica

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