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De una » breve excursión» a una guerra sin salida: ¿Ha perdido Washington su apuesta por doblegar a Teherán?

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Seis meses después, la guerra contra Irán ha pasado de ser vista como una apuesta por una victoria rápida a convertirse conflicto de desgaste que presiona a Teherán y Washington, al tiempo que reconfigura la seguridad y la economía regionales.

Han pasado seis meses desde que la guerra estalló con un ataque sorpresa de las fuerzas estadounidenses e israelíes contra Irán el 28 de febrero, acompañada de promesas de zanjarla en cuestión de semanas. Pero el enfrentamiento se amplió rápidamente, cambió de intensidad y de rumbo y se transformó de una ofensiva relámpago en un conflicto de desgaste en el que se entrecruzan golpes esporádicos, bloqueo marítimo y presión económica, en una guerra que se ha prolongado mucho más de lo previsto.

Irán sufrió golpes duros que alcanzaron a su dirigencia y a sus instalaciones militares y nucleares, y respondió atacando bases y buques y perturbando la navegación en el estrecho de Ormuz. Washington, por su parte, se vio atrapado en una guerra que desgasta a sus soldados y sus arsenales y lastra la popularidad del presidente estadounidense Donald Trump, mientras sus repercusiones se extendían a las economías, la seguridad y las alianzas de toda la región.

Seis meses después, Irán sale de la contienda cargado de pérdidas materiales y humanas, pero el régimen no se ha rendido como reclamó el presidente estadounidense al inicio de la campaña. A su vez, Estados Unidos no ha logrado traducir su superioridad militar en un resultado político concluyente. ¿Qué queda entonces de los objetivos de la guerra, pueden las sanciones obtener lo que no consiguieron los bombardeos o ha entrado la región en una confrontación que podría prolongarse durante años?

Las promesas de una victoria rápida desembocan en un callejón sin salida

La guerra arrancó con la premisa de que la combinación de presión militar y económica obligaría a Irán a rendirse o abriría paso a un cambio de liderazgo. Trump describió la operación como «una breve excursión», mientras que el ministro de guerra, Pete Hegseth, declaró en abril que la misión estaba cumplida y presentó la campaña como una victoria abrumadora de Estados Unidos.

Sin embargo, los combates no se detuvieron. Aunque un memorando de entendimiento alcanzado en junio con mediación de Pakistán redujo la intensidad del choque, Washington y Teherán siguieron intercambiando ataques y acusaciones de violar el acuerdo, sin que se pusieran en marcha negociaciones serias.

Trump afirmó más tarde que no tenía «prisa» por poner fin a la guerra y que no estaba sujeto a ningún calendario, mientras que el ministro de Exteriores, Marco Rubio, trasladó a los aliados de Washington que no era probable lanzar nuevos ataques estadounidenses «por el momento». Este giro refleja el abandono del discurso sobre una victoria inminente y el paso a la gestión de un conflicto para el que ni Washington ni Teherán tienen una visión clara de cómo termina.

Stephen Cook, investigador especializado en Oriente Medio en el centro de estudios Council on Foreign Relations estadounidense, considera que Trump se equivocó al no prever la disposición de Irán a resistir el poder militar estadounidense. A su juicio, la paralización del tráfico marítimo en Ormuz y la vulnerabilidad continuada de los aliados de Washington frente a los ataques suponen dos reveses estratégicos para Estados Unidos.

El presidente iraní Masud Pezeshkian muestra un memorando de entendimiento firmado con el presidente estadounidense Donald Trump, en Teherán, Irán, a primera hora del jueves 18 de junio de 2026.
El presidente iraní Masud Pezeshkian muestra un memorando de entendimiento firmado con el presidente estadounidense Donald Trump, en Teherán, Irán, a primera hora del jueves 18 de junio de 2026. Iranian Presidency Office via AP/Iranian Presidency Office via AP

Irán pierde mucho, pero no pierde la guerra

Los ataques estadounidenses e israelíes causaron daños extensos a la capacidad militar iraní. El comandante de las fuerzas estadounidenses en Oriente Medio, el almirante Brad Cooper, afirmó que Washington había destruido 161 unidades navales iraníes y desactivado el 82% de los sistemas de defensa aérea del país.

También resultaron dañadas tres instalaciones conocidas de enriquecimiento de uranio, además de emplazamientos militares e industriales, centrales eléctricas e instalaciones de producción de gas. Los bombardeos mataron a altos mandos y a científicos nucleares y prácticamente paralizaron la actividad de la fuerza aérea iraní.

Pero el alcance de la destrucción no bastó para anular la capacidad de combate de Teherán. La República Islámica conservó misiles y drones y atacó buques e instalaciones estadounidenses, así como bases en Baréin, Kuwait, Jordania e Irak.

Estados Unidos solo pudo confirmar la destrucción de alrededor de un tercio del arsenal de misiles iraní, según un informe anterior de Reuters. El destino de buena parte de los misiles restantes sigue siendo incierto, especialmente los almacenados en túneles y refugios.

El exjefe del Comando Central estadounidense, el general retirado Joseph Votel, sostiene que Teherán afronta la guerra como una batalla existencial, por lo que emplea todos los medios a su alcance para prolongarla.

Y añade: «La estrategia de Irán consiste en ampliar la guerra en el tiempo y en el espacio y, francamente, lo ha conseguido».

Así, Irán ha salido de la primera fase del conflicto más débil en términos militares y económicos, pero mantiene la capacidad de causar daño a sus adversarios y de impedir que impongan sus condiciones.

Una pequeña embarcación navega junto a buques de carga y otros barcos comerciales fondeados en el estrecho de Ormuz frente al puerto iraní de Bandar Abbas, el miércoles 5 de agosto de 2026.
Una pequeña embarcación navega junto a buques de carga y otros barcos comerciales fondeados en el estrecho de Ormuz frente al puerto iraní de Bandar Abbas, el miércoles 5 de agosto de 2026. Amirhosein Khorgooi/AP Photo/Amirhosein Khorgooi

Ormuz cambia el equilibrio de la guerra

La respuesta iraní más determinante llegó desde el mar. Teherán cerró el tráfico comercial a través del estrecho de Ormuz, por donde pasa cerca de una quinta parte de los suministros energéticos mundiales, y Washington reaccionó imponiendo un bloqueo a los puertos iraníes del golfo.

El movimiento de buques se redujo a una fracción de los niveles anteriores a la guerra, lo que disparó los precios del petróleo y el gas y los costes de transporte y seguros y desorganizó las cadenas de suministro.

El cierre perjudicó al propio Irán, al privarlo de una parte importante de sus exportaciones de crudo en un momento en que necesita cualquier recurso financiero disponible. Pero también le proporcionó un instrumento de presión internacional y trasladó la guerra de un enfrentamiento militar desigual a una crisis económica que alcanza a sus adversarios y a sus aliados.

La crisis se agravó con los ataques de su aliado, el movimiento Ansar Allah, los hutíes, contra la navegación en el mar Rojo y su anuncio de un bloqueo a los buques vinculados con Arabia Saudí. Así, las rutas de exportación de energía y de comercio del Golfo quedaron amenazadas por Ormuz en el este y por Bab el Mandeb en el oeste.

Bajas en las filas del Ejército estadounidense

Con el paso del tiempo, el coste de la guerra empezó a sentirse dentro de las fuerzas armadas estadounidenses. Han muerto 18 militares y más de 750 han resultado heridos, y el Ejército ha perdido aviones y drones por fuego iraní o en accidentes.

La preocupación mayor tiene que ver con las reservas de munición. Las fuerzas estadounidenses han disparado más de mil misiles interceptores del sistema Patriot, más de 200 misiles THAAD y no menos de mil misiles «Tomahawk».

Estimaciones del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales señalan que Washington ha consumido alrededor de la mitad de su reserva de misiles Patriot, cerca de dos tercios de los THAAD y en torno a un tercio de los «Tomahawk». La fabricación de algunos de estos misiles y su incorporación al servicio puede tardar cerca de dos años.

Estados Unidos se ha visto además obligado a trasladar cazas, buques y otros activos militares desde Europa y la región de Asia-Pacífico hacia Oriente Medio, lo que plantea dudas sobre su preparación para afrontar otras crisis.

Los portaaviones estadounidenses han encadenado despliegues inusualmente largos en el mar, en medio de quejas por retrasos en el suministro, mala calidad de la comida y presión constante sobre sus tripulaciones.

Los ataques iraníes han puesto de manifiesto además la debilidad de las fortificaciones de varias bases estadounidenses, construidas durante las guerras de Irak y Afganistán para resistir morteros y asaltos terrestres, no oleadas de misiles y drones.

Seis soldados estadounidenses murieron en las primeras horas de la guerra dentro de un centro de mando en Kuwait que no estaba suficientemente protegido por la parte superior. También resultaron dañadas instalaciones logísticas clave, especialmente en Baréin, lo que obligó a las fuerzas a apoyarse en bases más lejanas como la de Diego Garcia, en el océano Índico.

En esta imagen, un helicóptero modelo
En esta imagen, un helicóptero modelo AP/AP

El callejón sin salida de Trump dentro y fuera de Estados Unidos

La guerra coloca a la Administración Trump ante dos opciones igualmente difíciles. Retirarse sin lograr los objetivos anunciados permitiría a Irán presentar el desenlace como una victoria y debilitaría la confianza de los aliados de Washington en su capacidad de protegerlos.

Seguir en el conflicto implica más muertos, más gasto y un mayor agotamiento de los arsenales, sin garantía de que la continuación de los combates conduzca a un resultado mejor.

Jennifer Kavanagh, directora de análisis militar en el centro Defense Priorities, afirma que una retirada de Estados Unidos mostraría que entró en la guerra, empeoró la situación y luego fue incapaz de arreglarla. «Todas las opciones son malas porque Estados Unidos ha sufrido una derrota estratégica», añadió.

El callejón sin salida se complica aún más por la caída del apoyo popular. La aprobación de Trump ha bajado del 40% al 33% desde el inicio de la guerra, según encuestas de Reuters/Ipsos, mientras que solo el 31% de los estadounidenses respalda el conflicto.

El aumento del precio de los combustibles ha contribuido además a socavar la promesa electoral de Trump de reducir el coste de la vida, antes de unas elecciones de mitad de mandato que los republicanos afrontan con una exigua mayoría en ambas cámaras del Congreso.

La guerra también ha profundizado las divisiones dentro del Partido Republicano entre un sector aislacionista que quiere ponerle fin cuanto antes y parlamentarios que reclaman mantener la presión militar hasta doblegar a Teherán.

Fuente:es.euronews.com

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