Opinión
El instante que duele…y decidimos seguir
Hay momentos en los que caminar duele. No porque el camino sea largo, sino porque mirarnos con honestidad confronta.
Detenernos, de verdad detenernos, implica vernos sin adornos: con miedos, inseguridades, contradicciones, errores que pesan y decisiones que todavía arden. No somos seres terminados ni perfectos; somos procesos frágiles, incompletos, profundamente humanos. Y aceptar eso no siempre reconforta… a veces sacude.
Vivimos en una cultura que nos empuja a avanzar rápido, a mostrarnos fuertes, productivos, estables. Pero hay quiebres que no admiten prisa. Hay pérdidas, duelos, crisis internas y silencios que nos colocan en el suelo. Ahí donde la pregunta no es “¿cómo sigo?”, sino algo más esencial:
¿Tengo el valor de seguir así, con todo lo que soy?
Marcelo Rittner, sociólogo, no invita a una urgencia superficial ni a una motivación vacía. Su planteamiento es más incómodo y más honesto: la vida no espera a que estemos listos. Nos confronta ahora. Nos llama ahora. Nos exige presencia ahora. No desde la perfección, sino desde la conciencia.
Porque vivir no es evitar el dolor, es atreverse a mirarlo sin huir.
La primera gran capacidad humana no es la fortaleza, ni la felicidad, ni siquiera la esperanza. Es el valor. Valor para permanecer cuando todo se mueve. Valor para aceptar la finitud, incertidumbre, inestabilidad emocional que a veces nos desarma. Valor para reconocernos vulnerables sin sentirnos fracasados.
Desde esa conciencia, avanzar no siempre significa dar grandes pasos. A veces es apenas sostenerse, levantarse un poco o respirar. Y eso también es caminar.
La resiliencia, tan mencionada y tan poco comprendida, no es una actitud heroica ni una negación del dolor. Es una forma humilde de decir: aun así, sigo, aun con miedo, dudas, sin respuestas claras. Viktor Frankl lo intuía cuando hablaba del sentido como aquello que no elimina el sufrimiento, pero lo vuelve habitable. Albert Camus lo gritaba sin consuelo: vivir es rebelarse contra el absurdo sin dejar de amar la vida. Kierkegaard lo sabía: la angustia no es enemiga, es señal de posibilidad.
Incluso culturas lejanas lo expresan con una sabiduría silenciosa. En Japón, el kintsugi —la técnica de reparar con oro un jarrón roto— no oculta la fractura: la honra. Las grietas no se disimulan; se iluminan. Lo roto no pierde valor: lo transforma. La herida se vuelve historia. La fragilidad, belleza.
Así somos los seres humanos. No avanzamos a pesar de nuestras grietas, sino con ellas.
Mirarnos con esta conciencia duele, sí; porque implica renunciar a la fantasía del control, aceptar que no siempre sabemos, que no siempre podemos, que no siempre estamos bien. Pero también nos devuelve algo esencial: la autenticidad. Y desde ahí, la vida deja de ser una carrera para convertirse en un acto profundamente humano.
Tal vez por eso la pregunta no es solo “¿si no es ahora, cuándo?”, sino algo todavía más íntimo: si no me permito ser quien soy hoy, ¿cuándo voy a empezar a vivir de verdad?
Avanzar no es negar la caída. Es levantarse sin traicionarse. Es seguir caminando con conciencia, dignidad y valentía silenciosa. No porque todo esté resuelto, sino porque la vida —aun rota— sigue siendo valiosa.
Y justo ahí, empieza el verdadero sentido.
Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica






