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Opinión

La miel y el ajenjo: lo que la vida enseña cuando aprendemos a mirar la muerte.

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“La vida no siempre se presenta como dulzura; a veces nos habla desde lo amargo, y es ahí donde comienza el verdadero aprendizaje”

  Hace algún tiempo, cuando comencé a leer y a buscar un aprendizaje más profundo sobre la tanatología, entendí que no se trata únicamente de hablar de la muerte. Se trata, sobre todo, de aprender a mirar la vida con mayor verdad. En ese camino de lecturas, silencios y acompañamientos, apareció una metáfora que no me ha soltado desde entonces: la miel y el ajenjo.

  La vida, descubrí, no se nos ofrece solo en forma de miel. También llega con ajenjo: amargo, intenso, difícil de sostener.

  La miel está presente en los momentos de plenitud. En el amor que abriga, en la risa compartida, en los vínculos que nos dan pertenencia y continuidad. Es aquello que deseamos conservar, lo que quisiéramos que no terminara nunca. Cuando la vida sabe a miel, creemos entenderla.

  Pero tarde o temprano aparece el ajenjo. Llega sin pedir permiso, en forma de pérdida, enfermedad, despedida o muerte. Nadie lo busca, nadie lo elige. Su sabor raspa, duele, incomoda. Nos confronta con nuestra vulnerabilidad y con una verdad que preferimos postergar: todo es finito.

  En una cultura que nos empuja a evitar el dolor, el verdadero aprendizaje no está en huir del ajenjo, sino en atrevernos a permanecer con él. Cuando el sufrimiento se niega, se enquista; cuando se escucha, puede transformarse en conciencia. El ajenjo nos obliga a detenernos, a mirar de frente, a preguntarnos qué sentido tiene lo vivido y cómo queremos seguir viviendo.

  Desde la tanatología, la muerte no aparece como una enemiga que viene a robarnos la vida, sino como una maestra silenciosa que nos recuerda su valor. Es el ajenjo el que nos enseña a cuidar la miel: a no postergar los afectos, a decir lo que importa, a habitar el presente con mayor profundidad y honestidad.

  Quien ha probado el ajenjo ya no consume la miel con prisa ni con indiferencia. Aprende a honrarla, agradecerla y a compartirla. Comprende que la dulzura es frágil y que, precisamente por eso, merece ser cuidada.

  La vida plena no es solo dulzura. Es la capacidad de integrar lo amargo sin negarlo, sin idealizarlo y sin desperdiciar la enseñanza que deja. Es aceptar que el dolor forma parte de la experiencia humana y que, cuando es acompañado, puede abrir caminos de madurez, empatía y sentido.

  Quizá ahí habite una de las sabidurías más profundas que ofrece la tanatología: permitir que el ajenjo nos despierte, para que la miel no pase inadvertida. Porque solo quien ha mirado de frente la pérdida, aprende a vivir con mayor presencia.

  Y tal vez, al final, de eso se trata vivir: de aprender a reconocer el sabor de la vida en todas sus formas…y aun así, elegirla.

Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica

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