Opinión
Nacer mujer: una historia de desigualdades que cruza fronteras

Rosalía Guerrero Escudero
Hay libros que incomodan porque dicen en voz alta lo que muchas mujeres han vivido en silencio. Kim Ji-young, nacida en 1982 (Cho Nam-joo, 2016) es una novela —situada en Corea del Sur— que pone el dedo en la llaga: nacer mujer no es una experiencia neutra, sino una trayectoria marcada por desigualdades que comienzan desde la infancia y se profundizan a lo largo de la vida. Aunque el contexto sea asiático, la lectura resuena con fuerza en México y en América Latina. La distancia geográfica se desvanece cuando reconocemos los mismos patrones.
A través de una narración íntima y cotidiana, la obra expone problemáticas que siguen vigentes: acoso sexual, brecha salarial, techo de cristal, piso pegajoso, acceso desigual a la educación, doble y triple jornada laboral, así como el impacto de todo ello en la salud mental, especialmente durante la maternidad. No se trata de hechos aislados, sino de un sistema que normaliza la sobrecarga femenina y presenta el sacrificio como virtud.
Uno de los aportes más potentes del libro es mostrar cómo estas violencias no siempre son explícitas. Muchas veces se expresan en comentarios “bienintencionados”, en decisiones laborales que excluyen, en expectativas sociales que empujan a las mujeres a renunciar antes de siquiera intentarlo. El piso pegajoso, ese conjunto de condiciones que dificultan despegar, aparece como una trampa silenciosa que inmoviliza, mientras el techo de cristal limita el ascenso cuando ya se ha recorrido un largo camino.
La novela también abre una conversación urgente sobre la maternidad. No la idealiza ni la romantiza; la presenta como una experiencia atravesada por el cansancio, la culpa y la soledad. Aquí surge una pregunta clave: ¿por qué seguimos pensando la maternidad como hace un siglo o más? El texto invita a reformar la maternidad, a imaginarla desde la corresponsabilidad, la comunidad y el acompañamiento real. Maternar en tribu, sí, pero también con estructuras sociales y laborales que no castiguen a quien decide embarazarse y maternar.
En este punto, el libro es contundente: la equidad no puede recaer solo en las mujeres. Se requiere la corresponsabilidad del otro, del cogestante. Licencias de paternidad amplias y obligatorias, una división justa de las tareas domésticas y de cuidado, y, sobre todo, una distribución equitativa de la carga mental, esa planificación invisible que sostiene la vida cotidiana. Sin estos cambios, la igualdad seguirá siendo un discurso vacío.
Esta novela no busca ofrecer soluciones fáciles, más bien, provocar reflexión. Nos recuerda que la desigualdad de género no es cultural ni “natural”, sino estructural y, por tanto, transformable. Leerla es mirarnos en un espejo incómodo, pero necesario.
Porque si una historia escrita en Corea del Sur puede parecernos tan cercana, quizá la pregunta no sea si el problema existe, sino: ¿qué estamos dispuestas y dispuestos a cambiar para que nacer mujer no siga siendo una desventaja social?







