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Opinión

Abundio Martínez, músico del mundo

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Abundio Martínez en la orquesta. Fotografía de la exposición del Museo de Arqueología e historia de Huichapan.

El pasado 26 de abril, se conmemoró el 112º aniversario luctuoso de Abundio Martínez, de quien se ha dicho, casi hasta el cansancio que fue, quizás el mayor músico del estado de Hidalgo, no obstante, que se puede decir, también, que fue músico del mundo, por su alcance y su carácter universal. Debido a ello, vale la pena recordar a este hidalguense, cuyos restos se encuentran en la Rotonda de los Hombres Ilustres, en la capital del estado. Su nombre completo fue Apolonio Abundio de Jesús Martínez Martínez, nacido el 8 de febrero de 1875, en el barrio de Santa Bárbara, en el municipio de Huichapan.

Fue hijo de José María Martínez, director de una banda de música en ese mismo municipio, que combinó su actividad artística con la fabricación y venta de artículos hechos de madera. A pesar de su fama, y de los investigadores que le han dedicado muchos años a conocer la vida del músico, entre quienes destacan Enrique Rivas Paniagua, poco se sabe de sus primeros años y de su adolescencia, aunque se pueden intuir varias circunstancias, por ejemplo, que durante su infancia no había ningún programa generalizado de alfabetización, y en el barrio poco se podía hacer cuando no había mercados donde vender, por lo que seguramente durante su niñez y juventud debió haber trabajado en el campo.

Lo que sí se sabe, es que su padre le enseñó a tocar diferentes instrumentos, como la trompeta y el violín, lo que lo llevó a partir rumbo a Polotitlán de la Iustración, Estado de México, a los 17 años para buscar oportunidades. Se sabe de su estancia en esa localidad porque el pintor Máximo Pacheco, por petición del sobrino de Abundio Martínez, encargó el óleo. Ahí se plasmó que el músico otomí fue director de una pequeña banda de viento por encargo del presidente municipal de ese tiempo, el señor Jesús Polo Castillo. Algunos biógrafos mencionan que, a la muerte de su padre, emigró a la Ciudad de México, con sus hermanas, en busca de un trabajo para mantener a toda la familia. Durante su estancia en la capital conoció al músico Miguel Ríos Toledano, quien lo incorporó a la banda de los Zapadores, en 1897, tenía 22 años en ese momento.

Para 1908, antes de ser vocal de la sociedad de compositores “Felipe Villanueva”, Abundio Martínez ya estaba completamente empapado de la música de la última mitad del siglo XIX, tanto de los músicos nacionales como extranjeros, de estos últimos, por lo menos de toda la estela que había dejado huella en la Europa del romanticismo, como Chopin, Brahms o Verdi. En México, ya brillaban Indalecio Hernández o Luis Hahn. Debido a esa influencia, Abundio trazo su obra, a medio camino entre los valses, las polkas, chotis, danzas y pasosdobles. De entre las más doscientas composiciones, ahora resguardadas por la Biblioteca Nacional de Música de la UNAM, destacan “El Altamar”, “Cuatro danzas”, o “Hidalguense”, pero quizás la pieza más famosa, sea “El arpa de oro”, que decidió dedicarla al presidente Porfirio Díaz.

A pesar de ser reconocido y que su música se tocaba entre los bailes de los ricos, Abundio Martínez murió en la pobreza, rodeado por algunos instrumentos. Su vida se apagó a los 39 años de edad, en una vecindad de la Ciudad de México, el 26 de abril de 1914, víctima de una tuberculosis.

Lic. Carlos A. Carrillo Galicia

Licenciado en Historia de México y estudiante de la Maestría en Historia, ambas en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH). Actualmente ocupa el cargo de instructor de Historia, Filosofía y Literatura en el Centro de Educación Continua y a Distancia (CECyD-UAEH), así como la presidencia de la Asociación de Historiadores Egresados de la UAEH.

Facebook: @histcarlosgalicia                Correo: hist.carlos.a.c.g@gmail.com

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