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Opinión

DONDE EL TALENTO SE ENCUENTRA CON EL SER

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Una mirada humanista a la competencia laboral desde Carl Rogers y Abraham Maslow

Existe una pregunta que rara vez acompaña las conversaciones sobre competencia laboral. Hablamos de conocimientos, habilidades, productividad, liderazgo, innovación y resultados; diseñamos perfiles profesionales, evaluamos desempeños y establecemos estándares de calidad. Todo ello es necesario para responder a las exigencias de un mundo cada vez más complejo sin duda. No obstante, en medio de esa búsqueda por formar mejores profesionistas, solemos dejar a un lado una cuestión mucho más precisa: ¿qué ocurre con la persona mientras aprende a hacer bien aquello a lo que ha decidido dedicar su vida?

La respuesta no se encuentra en un currículo, ni aparece al término de una evaluación de desempeño. Se revela lentamente en la experiencia cotidiana. Una maestra descubre que educar significa aprender a mirar más allá de las calificaciones, un médico comprende que ningún conocimiento sustituye la presencia frente al dolor humano, una directora advierte que conducir un equipo exige escuchar antes que imponer, un joven profesionista confirma que la realidad siempre rebasa aquello que aprendió en los libros. Sin advertirlo, cada uno comienza una formación distinta: mientras desarrolla competencias para ejercer una profesión, también va modelando su manera de comprenderse a sí mismo y de encontrarse con los demás.

Hay una metáfora que ayuda a comprender este proceso. Solemos pensar que el trabajo es una herramienta con la que transformamos el mundo; pocas veces reconocemos que, al mismo tiempo, el trabajo también nos transforma a nosotros. Como el río que, mientras avanza, va dando forma a las piedras de su cauce, cada responsabilidad, decisión, encuentro y dificultad van esculpiendo el carácter de quien los vive. Lo que hacemos todos los días termina haciendo algo con nosotros.

Con esta perspectiva, la competencia laboral deja de ser únicamente la capacidad de ejecutar correctamente una tarea. Se convierte en un camino donde el conocimiento, las habilidades y la experiencia dialogan con la identidad, los valores y el sentido que cada persona construye a lo largo de su existencia. La pregunta ya no consiste solamente en saber qué somos capaces de hacer, sino en reconocer quién estamos llegando a ser mientras aprendemos a hacerlo.

Desde esta forma de verlo encontramos un sólido fundamento en la psicología humanista. Carl Rogers y Abraham Maslow nunca escribieron un tratado sobre competencias laborales, pero ambos comprendieron que el crecimiento humano no puede reducirse al dominio de técnicas o al cumplimiento de funciones. Su interés estaba puesto en la persona, en su capacidad de desplegar sus posibilidades, de construir relaciones auténticas y encontrar un sentido que diera unidad a su existencia. Son tiempos donde el éxito suele medirse por la productividad, así que sus reflexiones conservan una vigencia extraordinaria porque recuerdan algo muy importante: ninguna profesión tiene verdadero valor si, para ejercerla, la persona necesita alejarse de sí misma.

Rogers afirmaba que la vida es un proceso continuo de convertirse en persona. Esa expresión contiene una profundidad que va mucho más allá del ámbito terapéutico. Convertirse significa aceptar que el ser humano nunca está terminado, que permanece abierto a la experiencia y que cada encuentro con la realidad puede ampliar la comprensión que tiene de sí mismo. Poro tanto, aprender una profesión no solo son conocimientos; significa permitir que cada experiencia nos transforme con honestidad, sensibilidad y responsabilidad.

Esta comprensión modifica también el sentido de la competencia. Aprender a comunicar no implica solamente hablar con claridad; supone descubrir la capacidad de escuchar aquello que el otro intenta expresar incluso cuando no encuentra las palabras. Aprender a dirigir no significa únicamente coordinar tareas; exige reconocer que toda decisión deja una huella en la vida de otras personas. Resolver conflictos no consiste únicamente en alcanzar acuerdos; implica comprender que detrás de cada diferencia existe una historia,  necesidad y  formas particulares de interpretar la realidad. La competencia deja entonces de ser un conjunto de habilidades para convertirse en una expresión de la manera en que elegimos estar presentes frente a los otros y frente a nosotros mismos.

Rogers comprendió que una persona crece cuando encuentra espacios donde puede vivir con congruencia, es decir, cuando aquello que piensa, siente y hace deja de caminar por senderos distintos. Esa idea adquiere una enorme fuerza en el mundo profesional. Con frecuencia se asume que ser competente consiste únicamente en responder con eficacia a una responsabilidad; pocas veces se pregunta si, al hacerlo, la persona conserva la libertad de actuar de acuerdo con sus valores o si termina adaptándose a formas de trabajo que la alejan de aquello que le da sentido.

La congruencia no significa actuar impulsivamente ni convertir la autenticidad en un permiso para ignorar a los demás. Significa ejercer una profesión sin renunciar a la propia humanidad. Es la posibilidad de sostener una decisión con firmeza sin perder el respeto, reconocer un error sin sentir que la dignidad se desvanece, aceptar que no siempre se tienen todas las respuestas y comprender que la verdadera autoridad también nace de la capacidad para aprender. La excelencia profesional encuentra una raíz más profunda cuando deja de buscar únicamente el reconocimiento externo y comienza a construirse desde la fidelidad a aquello que la persona considera valioso.

Esto conduce a otra reflexión. Ningún ser humano llega solo a desplegar todo su potencial. Rogers insistía en que las personas crecen en el encuentro con otras personas. La conversación puede abrir horizontes insospechados; una palabra de confianza puede despertar capacidades que permanecían dormidas durante años; alguien que cree en nosotros puede convertirse en el puente entre lo que somos y aquello que todavía no imaginamos que podemos llegar a ser. Por eso las relaciones humanas no constituyen un elemento secundario del desarrollo profesional; son el terreno donde muchas capacidades encuentran la oportunidad de florecer.

Abraham Maslow amplió esta idea al recordar que el ser humano no vive únicamente para satisfacer necesidades inmediatas. Existe una fuerza interior, energías latentes que impulsa a crear, aprender, comprender, contribuir y trascender. A esa posibilidad la llamó autorrealización, aunque nunca la presentó como una meta reservada para unos cuantos ni como un lugar definitivo al que se llega. La entendió como un proceso continuo de despliegue, una invitación permanente a desarrollar aquello que cada persona puede ofrecer al mundo de una manera única.

Este pensamiento modifica profundamente la conversación sobre competencia laboral. El trabajo deja de ser solamente un medio para obtener un ingreso o alcanzar reconocimiento social. Puede convertirse en un espacio donde las capacidades encuentran un propósito y donde el conocimiento adquiere sentido al ponerse al servicio de la vida. Una profesión cobra su verdadera dimensión cuando no solo resuelve problemas, sino cuando también permite que quien la ejerce descubra nuevas formas de comprender, crear y servir.

Maslow recurría con frecuencia a la idea del potencial humano. Una semilla contiene la posibilidad de convertirse en árbol, pero esa posibilidad necesita tierra fértil, agua, luz y tiempo. Con las personas ocurre algo semejante. El talento existe, aunque no florece por decreto ni únicamente por esfuerzo individual. Requiere ambientes que inspiren confianza, relaciones que reconozcan el valor de cada persona y comunidades donde aprender no implique demostrar perfección, sino mantener viva la disposición para seguir creciendo.

Desde este enfoque, la competencia laboral deja entonces de ser una lista de habilidades para transformarse en posibilidad. Cada capacidad desarrollada amplía también la manera en que una persona se relaciona consigo misma, con los otros y con la realidad. Aprender a escuchar ensancha la comprensión del otro; aprender a colaborar fortalece la conciencia de que nadie construye solo aquello que verdaderamente importa; aprender a decidir invita a asumir la responsabilidad por las consecuencias de nuestros actos. En ese sentido, toda competencia posee una dimensión ética, porque nunca expresa únicamente lo que sabemos hacer, sino también la manera en que elegimos estar presentes en la vida de los demás.

Esta afirmación conduce inevitablemente al terreno de la ética. Toda capacidad humana posee una dirección. La inteligencia puede utilizarse para comprender o para manipular; la comunicación puede construir puentes o levantar barreras; el liderazgo puede inspirar el crecimiento de otros o convertirse en una forma de dominio. La diferencia nunca radica únicamente en la habilidad, sino en la intención y en la responsabilidad con la que esa habilidad se pone al servicio de los demás. Por ello, ninguna competencia alcanza su plenitud cuando se separa de la conciencia ética que orienta su ejercicio.

En este punto convergen las intuiciones más profundas de Rogers y Maslow. Ambos comprendieron que el desarrollo humano no puede medirse únicamente por aquello que una persona logra, sino por la forma en que ese logro amplía su capacidad de vivir con autenticidad, de establecer relaciones más humanas y  contribuir al mundo sin renunciar a sí misma.

Esta perspectiva también transforma nuestra manera de comprender la educación y el trabajo. Formar profesionales ya no significa solamente transmisión o desarrollar destrezas. Significa acompañar, mediar procesos donde las personas aprenden a ejercer su libertad con responsabilidad, a reconocer la dignidad del otro y a comprender que toda decisión deja una huella.

El pensamiento humanista recuerda que el verdadero desarrollo nunca puede reducirse a cifras, indicadores o productividad. Existe una dimensión de la experiencia humana que no cabe en los informes de desempeño: la capacidad de mirar con mayor profundidad, escuchar con mayor sensibilidad, decidir con mayor prudencia y actuar con una conciencia cada vez más amplia sobre las consecuencias de nuestros actos.

Entonces, la pregunta más importante sobre la competencia laboral deja de ser cuánto sabemos hacer. La pregunta  transformadora es otra: ¿qué clase de persona estamos llegando a ser mientras hacemos aquello que sabemos hacer? En esa respuesta se encuentra la diferencia entre una profesión entendida como simple ocupación y una profesión vivida como camino de crecimiento.

Porque el talento, por sí solo, puede abrir puertas, el conocimiento puede ampliar horizontes y la experiencia puede fortalecer nuestras capacidades. Pero solo cuando todo ello se encuentra con la persona que elegimos ser, el trabajo deja de reducirse a una sucesión de tareas y se convierte en una expresión de nuestra manera de estar en el mundo, de responder ante los otros y participar, con responsabilidad y esperanza, en la construcción de una sociedad más humana.

Ahí es donde el talento encuentra al ser. No como un punto de llegada, sino como una decisión que se renueva cada día: la de crecer sin perder la sensibilidad, alcanzar la excelencia sin sacrificar la dignidad y comprender que la competencia más valiosa es aquella que nos permite realizar bien nuestro trabajo sin dejar de reconocer, en nosotros y en los demás, el profundo valor de ser personas.

Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica

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