Opinión
¿Seguimos siendo la misma persona que hace diez años?
La respuesta puede parecer obvia, sin embargo hay que desmenuzar los motivos que nos han llevado a cambiar, modificar o simplemente ajustar cierto aspecto de nuestro pasado y es que a veces creemos que cambiar significa dejar de ser quienes somos, como si modificar nuestras prioridades, nuestras amistades o nuestra manera de pensar fuera una especie de traición a la persona que fuimos.
Quizá sea lo contrario; cambiar también puede ser una forma de conocernos mejor, la persona que hace diez años aceptaba cosas que hoy ya no acepta, no necesariamente era más ingenua, solo estaba aprendiendo, la que tenía miedo de empezar de nuevo quizá todavía no sabía todo lo que sería capaz de enfrentar. Por eso mirar nuestro pasado únicamente con los ojos del presente puede ser injusto. En diez años seguro ocurrieron muchas cosas: despedirse de la persona con la que creímos estaríamos siempre, mudarse, cambiar de trabajo, recibir nuevos integrantes en la familia, cumplir sueños, incluso descubrir que algunos de esos sueños ya no nos interesan…
Es fácil pensar: “¿Cómo pude permitir eso?”, “¿Por qué no me fui antes?”, “¿Cómo pude pensar de esa manera?” Pero aquella versión de nosotros tomó decisiones con las herramientas, la información y la experiencia que se tenía entonces.
Tal vez dentro de diez años también miremos a la persona que somos hoy y pensemos que tenía algunas certezas equivocadas, igual y descubramos que aquello que hoy consideramos indispensable dejó de serlo, que algunas preocupaciones eran más grandes en nuestra cabeza que en la realidad, que algunas personas no estaban destinadas a quedarse; que otras inesperadamente, sí.
Cambiar no siempre significa convertirnos en alguien diferente, a veces significa quitar capas: dejar de hacer cosas para agradar, dejar de perseguir expectativas ajenas, aprender a decir que no, reconocer nuestros límites, elegir con más cuidado dónde ponemos nuestro tiempo y energía.
Y bueno, no todos los cambios pueden ser visibles; podemos conservar el mismo trabajo, vivir en la misma casa o mantener muchas de las mismas rutinas y aun así ser emocionalmente diferentes. Hay transformaciones que nadie ve porque suceden en silencio: la manera en que aprendemos a afrontar la pérdida, la forma en que empezamos a tratarnos con más paciencia, las cosas que dejamos de exigirnos.
Por eso, quizá la pregunta no debería ser solamente si seguimos siendo los mismos y mejor sería preguntarnos ¿qué parte de aquella persona sigue viviendo en nosotros y qué parte tuvimos que dejar atrás para poder convertirnos en quienes somos hoy?
No podemos borrar a la persona que fuimos hace diez años, está en nuestras decisiones, en nuestros miedos, en nuestras cicatrices, en nuestras alegrías, éxitos y hasta en las cosas que hoy sabemos que no queremos repetir; y tampoco estamos obligados a permanecer ahí. Tenemos derecho a cambiar de opinión, de rumbo, a reconocer que algo que antes queríamos ya no nos hace felices, a descubrir nuevas versiones de nosotros.
La identidad no es una fotografía congelada, es una historia que continúa escribiéndose y puede que esa sea una de las cosas más bonitas de estar vivos y conscientes: saber que la persona que somos hoy no tiene por qué ser la última versión y que siempre estaremos en continuo cambio.




