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Opinión

Si tan solo supiéramos… El lenguaje secreto de la vida

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”¡Si supieras, si tan solo supieras!”

Hay versos que nacen para hablarle a una persona y, sin embargo, terminan encontrando refugio en el corazón de muchos. Hace algunos días leía un poema llamado “Si tan solo supieras”, de Juan David Ovando Aguilar donde convierte esa frase en una declaración de amor, pero al leerla con calma pareciera que esas palabras dejan de pertenecer únicamente al poeta. Es como si fuera la propia vida la que nos hablara con paciencia, esperando el momento en que estemos dispuestos a escuchar.

Si tan solo supieras…

Si tan solo supieras que no todo lo importante hace ruido.

Que hay verdades que no llegan mediante explicaciones, sino a través de un abrazo que cambia una historia, una pérdida que modifica la manera de mirar el mundo, un silencio que dice más que cualquier discurso o un libro que parece conocernos antes de que nosotros logremos comprendernos.

Vivimos convencidos de que conocer consiste en acumular información. Estudiamos, investigamos, dominamos herramientas, aprendemos idiomas, interpretamos datos y construimos explicaciones cada vez más sofisticadas. Sin embargo, mientras ampliamos nuestro conocimiento sobre el mundo, pocas veces nos detenemos a explorar ese territorio íntimo desde donde nacen nuestras decisiones, afectos, miedos y la forma de relacionarnos con los demás.

Una de las mayores paradojas de nuestra época es que sabemos cada vez más sobre casi todo y, al mismo tiempo, seguimos preguntándonos quiénes somos cuando la vida nos despoja de los títulos,  logros y certezas.

Carl Gustav Jung dedicó buena parte de su obra a recordarnos precisamente esa realidad. No intentaba enseñarnos a descifrar sueños como si fueran acertijos ni propone respuestas definitivas sobre la naturaleza humana. Hace algo mucho más valiente, nos invita a aceptar que el ser humano es más amplio que aquello que logra explicar con palabras.

La vida, nos dice, también habla mediante imágenes, recuerdos, intuiciones, emociones persistentes, obras de arte, relatos antiguos y experiencias que permanecen latiendo mucho después de haber ocurrido. No porque exista algo misterioso en ello, sino porque la experiencia humana nunca ha cabido por completo dentro de una definición.

Puede que, por eso la literatura llegó antes que muchas teorías psicológicas.

Los grandes escritores comprendieron que existen dimensiones de la existencia imposibles de reducir a conceptos. Rainer Maria Rilke, escribió una de las invitaciones más hermosas que puede recibir cualquier ser humano: «Viva ahora las preguntas». No era una invitación a resignarse a la incertidumbre, sino a comprender que hay respuestas que únicamente aparecen cuando la vida nos transforma.

Algo semejante intuía María Zambrano cuando afirmaba que la razón necesita dialogar con la sensibilidad para comprender plenamente la condición humana. Pensar no basta; también es necesario sentir. Porque existen verdades que no se demuestran: se revelan.

Y acaso nadie expresó esa búsqueda con tanta delicadeza como Clarice Lispector, quien escribió que conocerse implica abandonar las seguridades que fabricamos para sobrevivir. No somos únicamente aquello que mostramos al mundo. También somos aquello que callamos, lo que tememos perder, lo que todavía no comprendemos de nuestra propia historia.

Resulta llamativo que estas voces, provenientes de la filosofía, literatura y la psicología, converjan en una misma intuición, el verdadero crecimiento comienza cuando dejamos de huir de nosotros mismos.

Sin embargo, ese camino rara vez resulta cómodo.

Vivimos en una cultura que premia la apariencia de fortaleza, la productividad constante y la necesidad de tener respuestas inmediatas. Aprendemos a resolver problemas, pero pocas veces aprendemos a permanecer junto a nuestras preguntas. Nos enseñan a competir, pero no siempre a comprendernos. A destacar, pero no necesariamente a vivir con serenidad nuestras contradicciones.

Por eso muchas crisis nos desconciertan tanto.

Las pérdidas, el fracaso, la enfermedad o la incertidumbre interrumpen el relato que habíamos construido sobre nuestra vida. De pronto descubrimos que existen heridas antiguas que todavía duelen, afectos que nunca aprendimos a expresar y sueños que permanecían esperando una oportunidad para ser escuchados.

Desde la psicología solemos pensar que el sufrimiento es únicamente algo que debe eliminarse. Jung propone una mirada distinta. Algunas experiencias difíciles no llegan solamente para rompernos; llegan para mostrarnos aquello que necesitábamos comprender. No porque el dolor sea deseable, sino porque la adversidad posee la capacidad de revelar dimensiones de nosotros mismos que la comodidad rara vez alcanza.

Nuevamente, la literatura vuelve a ofrecer una imagen luminosa de esta experiencia.

Fiódor Dostoyevski en su última novela escribió que cada persona es responsable de todos y de todo. No se trata de una afirmación moral exagerada, sino del reconocimiento de una verdad profundamente humana, ninguna existencia ocurre aislada. Cada palabra, cada gesto y cada decisión dejan una huella en la vida de otros.

Desde esa perspectiva, la ética deja de ser un simple conjunto de normas para convertirse en una manera de relacionarse en el mundo.

Emmanuel Levinas afirmaba que el rostro del otro nos llama antes incluso de que podamos formular una teoría sobre él. La responsabilidad nace cuando dejamos de mirar a las personas como categorías y comenzamos a reconocerlas como historias irrepetibles.

Pero hay algo que Levinas parece sugerir sin decirlo explícitamente, difícilmente podremos mirar con profundidad la vulnerabilidad ajena mientras continuemos negando la nuestra.

Tal vez por eso tantas formas de violencia comienzan mucho antes de aparecer en los actos. Empiezan cuando dejamos de escucharnos, cuando disfrazamos nuestras heridas de indiferencia o proyectamos sobre los demás aquello que nunca hemos tenido el valor de reconocer en nosotros mismos.

Conocerse, entonces, deja de ser un lujo intelectual para convertirse en un acto profundamente ético. Porque quien comprende sus propios límites suele juzgar menos.

Quien reconoce sus heridas aprende a cuidar mejor las heridas de otros. Acepta que todavía está aprendiendo a vivir y desarrolla una humildad que ningún conocimiento académico puede otorgar.

Jung con su mirada, nos recuerda que ninguna persona está completamente terminada. Que todos somos una historia en permanente escritura y que la identidad no es una fotografía inmóvil, sino una obra que cambia con cada encuentro, cada pérdida, cada lectura y cada acto de amor.

Por eso el poema de Ovando Aguilar resuena con tanta fuerza más allá de su intención amorosa.

”¡Si supieras, si tan solo supieras!”

Porque la vida lleva años pronunciando esas mismas palabras.

Si tan solo supieras que el sentido no siempre aparece al final del camino, sino mientras lo recorres. Que la fragilidad no disminuye tu dignidad; la vuelve más cercana a la de cualquier ser humano.

Que incluso las preguntas que hoy te inquietan podrían convertirse mañana en la fuente de tu mayor sabiduría.

Es más ninguna experiencia vivida con profundidad se pierde. Incluso aquello que más dolió puede, con el tiempo, convertirse en el lugar desde donde nace una nueva manera de comprender.

Vivimos rodeados de información, pero profundamente necesitados de significado.

Y el significado nunca llega impuesto desde afuera.

Se construye cuando una persona logra reconciliar lo que piensa con lo que siente, lo que recuerda con lo que espera, sus perdidas con aquello que todavía es capaz de amar.

Tal vez, pueda ser ese el verdadero lenguaje simbólico del que hablaba Jung. No un código secreto reservado para especialistas, sino la manera en que la existencia continúa hablándonos cuando las palabras resultan insuficientes.

Al final, todos llevamos dentro un libro que nadie más puede escribir.

La alegría es un capítulo.

Cada pérdida, una página difícil.

Y un encuentro, un párrafo que modifica el sentido de la historia.

Y cada acto de amor —hacia los demás, hacia la vida o hacia nosotros mismos— deja una frase que permanece cuando todo lo demás parece desvanecerse.

Si tan solo supiéramos…

Probablemente, la mayor sabiduría no consiste en encontrar todas las respuestas, sino en aprender a escuchar con humildad las preguntas que la vida nunca ha dejado de susurrarnos.

Y cuando la última página de nuestra historia esté por escribirse, no recordaremos cuántas respuestas encontramos ni cuántas certezas defendimos. Recordaremos los rostros que amamos, las manos que sostuvimos, las veces que volvimos a empezar después de creer que todo estaba perdido y los instantes en los que una verdad sencilla cambió nuestra manera de ver el mundo.

Entonces comprenderemos que la vida nos habló desde el principio, con la paciencia de quien ama y nunca deja de esperar. Nos lo dijo en la belleza, en el dolor, en el silencio, en la poesía y en cada encuentro que dejó una huella. «Si tan solo supieras…», susurró una y otra vez. Pudiera ser que el verdadero sentido de vivir consista precisamente en eso, llegar al final del camino con el corazón lo suficientemente abierto para descubrir que aquello que pasamos la vida buscando fuera, en realidad, siempre estuvo esperando ser reconocido dentro de nuestra propia humanidad.

Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica.

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