Opinión
Salud mental en lo social: cuando sobrevivir deja de ser suficiente
No siempre se nota. No hace ruido. No aparece necesariamente en diagnósticos ni en estadísticas visibles. Pero está ahí: en la forma en que muchas personas atraviesan sus días sin realmente habitarlos.
Cumplen. Responden. Funcionan. Pero no necesariamente viven.
Hemos aprendido a identificar la salud mental cuando se quiebra, en crisis, donde el cuerpo o la mente ya no sostienen más. Sin embargo, hay otra dimensión mucho más peligrosa y extendida: la de quienes no están en crisis… pero tampoco están bien. Personas que siguen adelante, pero con una sensación persistente de vacío, de desconexión o de desgaste emocional que no siempre saben nombrar.
Y ahí es donde la conversación necesita cambiar.
Porque la salud mental no puede seguir reduciéndose a la ausencia de trastornos. Tampoco puede entenderse únicamente como la capacidad de “adaptarse” a lo que hay. Adaptarse, en ciertos contextos, no es salud… es supervivencia. Y sobrevivir, sostenidamente, tiene un costo.
Desde una mirada más profunda de la psicología, el malestar de una sociedad no siempre surge de un evento específico, sino de una desconexión progresiva: con uno mismo, con los otros, con el sentido de lo que se hace y de lo que se vive.
Cuando la vida se vuelve repetitiva, mecánica o vacía de significado, el ser humano no solo se cansa… se desorienta.
El psiquiatra Irvin D. Yalom ha señalado que gran parte del sufrimiento actual está vinculado a preguntas que no siempre se atienden: ¿para qué estoy viviendo?, ¿qué sentido tiene lo que hago?, ¿qué lugar ocupo en el mundo? No responderlas no las desaparece; solo las desplaza, y muchas veces reaparecen en forma de ansiedad, apatía o insatisfacción constante dificíl de explicar.
A esto se suma otro fenómeno más sutil: la tendencia a llenar ese vacío con sustitutos.
Cuando falta sentido, se busca compensar. A veces en el exceso de trabajo, en el consumo, la hiperactividad o en necesidad constante de distracción o incluso en vínculos que no necesariamente nutren, pero que evitan la sensación de soledad. No es casual. Es una forma de no enfrentarse al silencio interno.
Sin embargo, cuanto más se intenta llenar ese vacío desde afuera, más se profundiza la sensación de falta. Porque hay algo que no puede ser sustituido: la experiencia de sentido.
El ser humano no solo necesita estabilidad o funcionalidad. Necesita dirección, propósito, vínculo. Necesita sentir que lo que hace tiene valor, que su vida no es solo una secuencia de obligaciones, sino una experiencia que vale la pena ser vivida.
Y cuando esto no está presente, aparece una forma de malestar que no siempre se diagnostica, pero que se vive todos los días. Una especie de cansancio existencial.
Desde lo social, esto plantea un desafío importante.
Porque no se trata únicamente de trabajar con la persona, sino de revisar los entornos que estamos construyendo.
Espacios donde se exige, pero no se escucha. Donde se espera rendimiento, pero no se cuida el bienestar. Donde se prioriza la función, pero se olvida a la persona.
En esos contextos, el mensaje implícito es claro: lo importante es cumplir, no necesariamente estar bien. Y eso, sostenido en el tiempo, fragmenta.
Emmanuel Levinas ofrece una clave diferente para comprender este fenómeno: el ser humano se constituye en relación con el otro. No desde el aislamiento, sino desde el encuentro. Cuando los vínculos se vuelven superficiales, utilitarios o distantes, no solo se afecta la convivencia… se afecta la salud mental. Porque no hay bienestar posible sin relación significativa.
En este sentido, la salud mental en lo social no puede pensarse sin incluir la calidad de los vínculos, la posibilidad de ser escuchado, reconocido y validado.
No basta con que una persona “funcione bien” si vive en un entorno donde no puede ser auténtica, donde no hay espacio para lo que siente o donde su valor depende únicamente de lo que produce. Ahí no hay salud. Hay adaptación.
Y la adaptación prolongada a contextos que no nutren termina pasando factura. El desafío, entonces, no es menor. Implica dejar de centrar toda la atención en cómo las personas gestionan su mundo interno, para comenzar a preguntarnos qué tipo de mundo estamos ofreciendo.
¿Qué experiencias estamos generando en lo cotidiano? ¿Qué tipo de relaciones estamos construyendo? ¿Qué lugar tiene el sentido en la vida diaria?
Porque la salud mental no se construye solo en terapia, ni únicamente en momentos de crisis. Se construye —o se deteriora— en lo cotidiano: en una conversación, en un espacio de trabajo, escuela, o familia. Se construye en la forma en que miramos al otro y en la manera en que nos permitimos ser.
Tal vez el punto más crítico no sea que existan problemas de salud mental. El punto más crítico es que muchas veces hemos aprendido a vivir con ellos sin cuestionarlos.
A seguir, aunque no haya claridad. A cumplir, aunque no haya sentido. A estar, aunque no haya presencia.
Y eso, poco a poco, va vaciando la experiencia de vivir.
Hablar de salud mental sigue siendo importante. Pero si esa conversación no se traduce en cambios reales en la forma en que vivimos, nos relacionamos y construimos nuestros entornos, corre el riesgo de quedarse en la superficie.
Porque el verdadero problema no es que las personas no sepan cómo estar bien. El verdadero problema es más incómodo: estamos sosteniendo estructuras, dinámicas y formas de vida que, poco a poco y sin darnos cuenta, deterioran lo humano Y mientras sigamos pidiéndole a las personas que se adapten a entornos que las fragmentan, la salud mental seguirá siendo un esfuerzo individual en medio de un desgaste colectivo.
No se trata de aprender a resistir mejor. Se trata de tener la honestidad —y la responsabilidad— de reconocer que hay formas de vivir que están enfermando… y que, si no se transforman, no solo seguirán agotando a las personas: terminarán por vaciar lo más esencial de ellas.
Rosaura Guadaupe Cerecedo Cajica




