Opinión
Los libros que nos salvan: ¿Por qué leer a los 40 no se siente igual que a los 20?
Katia Mitzi Sánchez
Cuando tenemos 20 años nos enfrentamos a diversas tareas y obligaciones, encontrando que hay libros que se leen por asignatura, otros por obligación y otros por hobbie pasajero, algunos llegan a tocar sentimientos y otros se entienden con el tiempo, a los 20 uno lee con hambre, con urgencia, subraya frases que expliquen quiénes somos o quiénes queremos ser, abrimos libros como quien abre ventanas: para mirar el mundo para imaginar vidas, para adelantarse a la experiencia.
Las lecturas encargadas por los profesores en la escuela las comprendemos desde otro matiz a los 40, cuando vemos la vida desde el lado opuesto, cuando nos toca estar del lado maduro, de atrevernos a dar algún consejo.
A los 40, nos damos cuenta no sé si con tristeza o con nostalgia que los libros ya no los queremos para escapar de la vida, sino para sostenerla y esa diferencia lo cambia todo. Los libros no nos salvan de sufrir, pero al menos no lo hacemos sintiéndonos solos.
Hay novelas que a cierta edad se vuelven refugio, ensayos que llegan justo cuando uno necesita entender algo que no sabía cómo nombrar, poemas que aparecen escritos para acompañar un duelo, una separación, incluso ese extraño cansancio existencial que aparece cuando la vida deja de dividirse entre sueños y se empieza a medir en responsabilidades.
Con los años cambia también la forma en que leemos, se agradece encontrar en las historias personajes honestos, humanos, alguien que vuelve a empezar, que aprenden a quedarse, que sobrevive al desencanto sin perder la ternura, que no se rinden fácil.
Ocurre también que cambia la relación con el contenido de las páginas, a los 20 leíamos por horas sin pensar demasiado en el mundo exterior, a los 40 leer pasa a convertirse en un acto de resistencia, hay trabajos pendientes, quehaceres en el hogar, hijos que atender y mucho ruido externo y abrir un libro en medio de esto se vuelve un gesto casi sagrado, elegir el silencio en una época donde casi se premia la distracción es el mejor descanso que se puede tener después de un día lleno de ocupaciones, pues nos recuerda que todavía somos capaces de sentir, de imaginar, de acompañar en las emociones a los personajes, de cuestionarnos, nos devuelve parte de nosotros que la rutina del día se lleva poco a poco. Leer a los 40 ya no parece una obligación, se parece más como a volver a casa.
Uno ya no necesita que un libro impresione (bueno sí un poco) pero más que acompañe, que diga algo verdadero, que nos quiera hacer alcanzar algún sueño, que toque alguna herida con delicadeza, que nos haga pensar aunque sea por un breve espacio de tiempo, que el mundo es más habitable de lo que lo vivimos día a día.
A esta edad uno entiende que los libros que se vuelven importantes para nosotros no son precisamente los más famosos ni los más complejos o de los autores más conocidos, muchas veces solo son los que aparecen exactamente cuando más los necesitábamos.
Ésos son los libros que no solo se recuerdan, se agradecen y por qué no, se releen una y otra vez.




