Opinión
Cuando el feminismo discute con la inteligencia artificial
Rosalía Guerrero Escudero
¿Puede una inteligencia artificial reproducir los mismos sesgos de género, raza y clase que existen en la sociedad? La respuesta ya no pertenece a la ciencia ficción. Hoy forma parte de debates urgentes sobre comunicación, política, maternidad, producción científica y justicia social. Precisamente esa fue una de las reflexiones centrales del XXII Congreso Internacional de Mujeres, Feminismos y Estudios de Género, organizado por el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, donde una de las líneas más innovadoras fue “Mujeres e Inteligencia Artificial”.
La mesa presencial dedicada a este tema dejó algo claro: hablar de inteligencia artificial no es solamente hablar de tecnología, sino de poder, representación y derechos. Las investigaciones presentadas mostraron cómo herramientas conversacionales como ChatGPT o AfroféminasGPT están transformando la manera en que producimos conocimiento, educamos, nos comunicamos y participamos políticamente. Pero también evidenciaron un riesgo importante, como que si estas tecnologías aprenden de sociedades desiguales, pueden repetir injusticias históricas y reforzar discriminaciones existentes.
Uno de los temas más relevantes fue el análisis de las barreras comunicativas en políticas públicas y su impacto en la participación política de las mujeres. La investigación de Iovana González Robles recordó que la exclusión no siempre ocurre de forma explícita; muchas veces se encuentra en los lenguajes técnicos, en los discursos institucionales o en la falta de acceso a espacios digitales donde hoy se toman decisiones fundamentales.
Por otro lado, la investigación sobre “Crianza Digital: La Maternidad Frente a la Inteligencia Artificial”, presentada por Norma Itzayana Arriaga Montiel, abrió preguntas profundamente actuales: ¿qué estereotipos reproducen las plataformas digitales?, ¿quién es la red de apoyo de las maternidades cuando solo se tiene una pantalla cerca? La maternidad digital aparece entonces como un nuevo territorio donde también se disputan valores, afectos y modelos culturales.
Otro de los ejes más potentes fue la discusión sobre ética feminista en la producción de conocimiento científico mediante inteligencia artificial. Las investigadoras Anayuri Güemes Cruz y María Guadalupe Curro Lau plantearon una idea fundamental: la tecnología nunca es neutral. Detrás de cada algoritmo existen decisiones humanas, intereses económicos y visiones del mundo. Por eso, incorporar una perspectiva feminista e interseccional resulta indispensable para evitar que la automatización profundice desigualdades.
Quizá una de las propuestas más provocadoras fue la investigación titulada “Ni dios, ni patria, ni algoritmo”, presentada por Sairani Amayrani Sánchez Marrón y Rosalía Guerrero Escudero. El trabajo analiza críticamente cómo las inteligencias artificiales responden a metáforas presentes en canciones feministas latinoamericanas, explorando fenómenos como la injusticia epistémica y los sesgos de género. El estudio conecta con debates fundamentales del pensamiento feminista y decolonial: ¿quién tiene derecho a producir conocimiento?, ¿qué voces son consideradas legítimas?, ¿qué narrativas siguen siendo invisibilizadas por las tecnologías contemporáneas?
La discusión dialoga con reflexiones de autoras como Kimberlé Crenshaw sobre interseccionalidad y con advertencias como las de Chimamanda Ngozi Adichie sobre “el peligro de una sola historia”. Porque los algoritmos también pueden construir relatos únicos, homogéneos y excluyentes si no se cuestionan críticamente.
Lejos de presentar una visión apocalíptica, esta mesa mostró algo mucho más esperanzador: las mujeres, los feminismos y los enfoques decoloniales no están llegando tarde a la conversación tecnológica. Están proponiendo nuevas maneras de pensarla, usarla y transformarla.
En tiempos donde la inteligencia artificial parece avanzar más rápido que nuestras reflexiones éticas, este tipo de espacios recuerdan una verdad esencial: el futuro tecnológico también se disputa desde el feminismo.




