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Opinión

Entre humanos y máquinas: el nuevo papel del docente en la era de la inteligencia artificial

Publicado

el

Rosalía Guerrero Escudero

En los últimos meses, el tema de la inteligencia artificial generativa (IAG) —las ya famosas IAs que “dialogan”, escriben, explican y hasta crean video e imágenes— se ha instalado en nuestras conversaciones cotidianas. En hogares, oficinas, redes sociales y, sobre todo, en las aulas. Como docente e investigadora, he sido testigo de cómo esta tecnología llegó para quedarse y, con ello, transformó silenciosamente la forma en que aprendemos y enseñamos.

Pero hay una idea que ha pasado casi desapercibida y que hoy quiero compartir: los docentes no somos simples usuarios de estas herramientas; podemos y debemos ser operadores del sistema en una relación Humano+Máquina.

Es decir, la IAG no sustituye la función docente… pero tampoco es un accesorio más en el salón de clases. La IAG reorganiza cómo recibimos información, cómo pensamos y cómo resolvemos problemas. Y, al hacerlo, crea nuevos desafíos que no podemos ignorar.

En este nuevo ecosistema, el profesor ya no es la única fuente del conocimiento, pero sí es quien decide qué lugar ocupa la inteligencia artificial dentro del proceso educativo. Es un papel profundamente humano: orientar, traducir, interpretar, cuestionar. Mientras la IA genera respuestas rápidas, el docente ofrece algo que ningún modelo puede replicar: criterio, responsabilidad y sentido ético.

Las máquinas operan por patrones; los seres humanos, por experiencias. Ahí radica la diferencia. Por ello, cuando un estudiante usa una la IAG para escribir un texto o resolver una duda, no solo pone en juego su creatividad, sino su autonomía y su capacidad para distinguir entre información útil, superficial o incluso errónea. Y es ahí donde entramos los docentes como operadores del sistema: no para vigilar, sino para acompañar; no para prohibir, sino para enseñar a usar con inteligencia, prudencia y propósito.

Hoy sabemos que la IA puede automatizar tareas, sintetizar textos en segundos y generar explicaciones personalizadas. Pero también sabemos que puede cometer errores -las famosas alucinaciones de la IA-, reforzar sesgos o deshumanizar procesos que son profundamente formativos, como la escritura, la argumentación y el pensamiento crítico.

Entonces, es nuestra responsabilidad, como docentes, evitar que las inteligencias artificiales se conviertan en una “caja negra” incuestionable. Debemos enseñar que sus respuestas no son verdades absolutas, más bien nos pueden dar puntos de partida que luego debemos contextualizar, interpretar, reflexionar, es decir que dialogamos con ellos. En otras palabras, debemos recuperar el arte de pensar juntos en una era donde las máquinas parecen pensar por nosotros. La realidad actual es que el futuro de la educación no será humano o artificial, demos construirlo en un entramado entre ambos. Y, como toda relación, necesita reglas, acompañamiento y sensibilidad.

La pregunta que queda en el aire es simple, pero urgente: ¿Estamos preparados —como sociedad, como docentes, como estudiantes— para aprender a convivir con una inteligencia que no siente, pero que influye en todo lo que hacemos?

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