Opinión
Perdonar: el acto que puede reconstruir una vida
Hay frases que llegan demasiado pronto a nuestra existencia y cuyo significado únicamente se revela cuando la vida, con sus pérdidas, encuentros, errores y reconciliaciones, termina de darles forma. Crecí escuchando un principio que mi padre repetía con absoluta naturalidad. Durante años permaneció en mí como permanecen tantas palabras heredadas: presentes, hasta que la experiencia les prestó significado.
Durante mucho tiempo pensé que el perdón era una virtud religiosa, una norma de buena educación o una exigencia moral para conservar la armonía con los demás. Hoy lo entiendo de otra manera. Lo concibo como una de las capacidades más extraordinarias del ser humano para rehacerse a sí mismo, para interrumpir el curso del resentimiento y para impedir que una herida determine el resto de una historia.
Mi comprensión del perdón no nació en los libros. Nació de las personas, de las lágrimas que no aparecían frente a los demás, silencios que hablaban más que las palabras, culpas que pesaban durante décadas, historias escuchadas en comunidades, escuelas y espacios de acompañamiento donde comprendí que existen dolores que no desaparecen con el tiempo y errores cuya consecuencia acompaña toda una vida.
Fue entonces cuando comencé a buscar respuestas en la filosofía, en la psicología y en la reflexión humana. Descubrí qué desde los antiguos pensadores griegos hasta autores contemporáneos como Paul Ricoeur, Emmanuel Lévinas, Hannah Arendt o Edgar Morin, el ser humano ha intentado comprender la culpa, la justicia y la posibilidad de una reconciliación auténtica. Sin embargo, por rigurosas que sean las teorías, ninguna alcanza a describir completamente lo que ocurre cuando alguien encuentra el valor de reconocer el daño causado o cuando una persona decide no responder al sufrimiento con más sufrimiento.
Porque el perdón no pertenece únicamente al terreno de las ideas, pertenece a la experiencia humana, tiene rostro, historia, memoria y consecuencias.
Vivimos en una época que parece haber normalizado la confrontación permanente. Se aplaude la capacidad de responder con la misma intensidad con la que se fue herido, se confunde fortaleza con dureza y dignidad con revancha. En ese contexto, perdonar puede parecer un gesto de ingenuidad cuando, en realidad, representa uno de los actos de mayor responsabilidad ética y emocional.
Perdonar no significa minimizar una injusticia, justificar la violencia, olvidar lo ocurrido o renunciar a la verdad. Mucho menos implica permanecer donde existe abuso o permitir que continúe aquello que vulnera la dignidad humana. El verdadero perdón exige precisamente reconocer el daño con absoluta claridad para decidir que este no seguirá gobernando la propia existencia.
Con los años también comprendí que la culpa posee una dimensión mucho más profunda de la que solemos imaginar. Existe la culpa que puede ser juzgada por las instituciones, pero también existe aquella que ninguna sentencia alcanza a reparar, la que transforma la manera en que una persona se mira a sí misma.
He visto hombres y mujeres convencidos de que su peor decisión define por completo quiénes son, personas incapaces de imaginar una posibilidad distinta porque terminan identificándose con su error. Es entonces cuando aparece una pregunta profundamente humana: ¿es posible volver a empezar?
Creo que ahí reside una de las grandezas del perdón. No porque elimine el pasado —eso resulta imposible— sino porque rompe la idea de que el pasado tiene derecho a cancelar definitivamente el futuro.
Desde una mirada compleja, el perdón no puede reducirse a una emoción pasajera ni a una fórmula religiosa. Es un fenómeno donde convergen dimensiones psicológicas, éticas, filosóficas, sociales, educativas y espirituales. Edgar Morin ha insistido en que comprender al ser humano exige abandonar las simplificaciones y aceptar las múltiples relaciones que constituyen la realidad. El perdón participa precisamente de esa complejidad: reconoce simultáneamente el daño y la dignidad, la responsabilidad y la posibilidad de transformación, la memoria y la esperanza.
Por eso me resulta insuficiente definir el perdón como un acto dirigido exclusivamente hacia el otro. Con frecuencia constituye también una reconstrucción interior. No borra las cicatrices, pero modifica la forma en que aprendemos a vivir con ellas. No cambia los acontecimientos, pero sí la relación que establecemos con nuestra propia historia.
Después de muchos años de trabajo, conversaciones e incontables aprendizajes compartidos con otras personas, he llegado a pensar que el perdón representa una de las expresiones más elevadas de la libertad humana. Porque donde todo parece conducir a repetir el daño, todavía existe la posibilidad de elegir otro camino.
Quizá por eso, regreso una y otra vez a aquella frase que escuché desde niña y que hoy comprendo con una profundidad distinta. Ya no la escucho únicamente como una recomendación paterna, sino como una forma de habitar el mundo y de asumir la responsabilidad sobre nuestros actos.
Hay ideas que se aprenden en las aulas. Otras se encuentran en los libros. Y existen algunas que tardan toda una vida en desplegar su verdadero significado.
Mi padre suele decir: «Nunca dañes a nadie en este mundo y evítate jamás pedir perdón».
Hoy añadiría algo más: quien aprende a pedir perdón con honestidad y a ofrecerlo con humanidad no solo transforma una relación; transforma también la manera en que comprende la condición humana y el inmenso poder que tiene una conciencia cuando decide reconstruirse en lugar de permanecer prisionera de sus propias heridas.
Rosaura Guadalupe Cerecedo Cajica




